06/08/2017

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De política y cosas peores

Don Cornulio, don Algón y don Chinguetas


Catón

“Mi esposa carece de sentido común -dijo don Chinguetas-. Se compró unos patines para hielo sin tomar en cuenta que no tiene pista donde patinar”. “Mi señora es igual -declaró don Algón-. Se compró una raqueta de tenis sin tomar en cuenta que no tiene cancha donde jugar”. “Mi mujer está peor-manifestó don Cornulio-. Se compró un paquete de condones sin tomar en cuenta que no tiene pija”... Otro relato sobre el mismo tema. Un señor de edad madura llegó a la farmacia y pidió unos condones. Le preguntó el farmacéutico: “Si no es indiscreción, caballero, ¿qué edad tiene usted?”. Respondió el otro: “Acabo de cumplir 75 años. Mi señora tiene 73”. Dijo el de la farmacia: “Perdone que me meta en su vida privada, pero a esa edad su esposa ya no puede concebir. No es necesario que use usted condón”. “No los uso con mi esposa -replicó el septuagenario-. Ella odia el olor a hule quemado”... Empédocles Etílez, ebrio consuetudinario, estaba bebiendo en la barra de la cantina “Bob & Bill”. Le preguntó al cantinero: “¿Viste si se me cayó el vaso de cerveza en el pantalón?”. “No, señor -respondió el hombre-. No se le ha caído ningún vaso”. “Lo que me temía -suspiró Empédocles-. Entonces fue obra interna”... Simpliciano, joven varón sin ciencia de la vida, casó con Pirulina, muchacha sabidora. A los tres meses del desposorio ella habló con los papás de su flamante maridito. “Creo -les dijo- que tendré que divorciarme de Simpli”. “¿Por qué?” -se consternaron ellos. Explicó Pirulina: “Llevamos ya tres meses de casados y aún no ha consumado el matrimonio”. Le pidió la mamá: “Déjanos hablar con él”. Ese mismo día lo buscaron, y su papá le preguntó: “¿Puedes explicarnos inmediatamente el por qué tu esposa te es indiferente? ¿Es que no las sabes, o no las supones, de todo casado las obligaciones?”. “Déjate de versos -lo interrumpió la señora-. A ver, hijo. Pirulina nos dice que han pasado tres meses desde que se casaron y todavía no le haces el amor. Dinos por qué”. Respondió el cándido mancebo: “No sabía que tuviera prisa”... Conocemos ya a don Ulero. Es hombre de extremada prudencia, virtud que algunos malquerientes suyos confunden con miedo o pusilanimidad. En una ocasión fue de cacería a África. Cerca de su campamento merodeaba un feroz león que había dado cuenta ya de varios cazadores, motivo por el cual los nativos lo llamaban Matabwanas. Una mañana el guía de don Ulero llegó muy agitado y le dijo: “Bwana: acabo de ver las huellas del Matabwanas”. “Vamos -replicó prontamente don Ulero-. Tu seguirás las huellas del león para ver a dónde va, y yo las seguiré para ver de dónde vino”... Pepito le preguntó a su abuelita: “Abue: ¿cuántos años tienes?”. Respondió la señora: “Tengo 70”. “¡70! -se asombró el chiquillo-. ¿Y empezaste desde uno?”... Don Languidio Pitocáido sufría ciertos problemas de disfunción eréctil. Fue a la consulta de un médico especializado en esa afección tan común. “No pudo usted haber llegado en mejor momento -le dijo el facultativo-. Acabo de conseguir un pomo de las miríficas aguas de Saltillo, capaces de poner en aptitud de hacer obra de varón hasta a la mismísima momia de Tutankhamon. Beba usted un centilitro de esas taumaturgas linfas y vaya a su casa a cumplir con su señora como los meros buenos”. Apuró ahí mismo don Languidio el prodigioso líquido y salió del consultorio. Media hora después sonó el teléfono del médico. Quien llamaba era don Languidio: “¡Doctor! -le dijo entusiasmado-. ¡Ya llevo tres!”. “Lo felicito -se alegró el galeno-. Su esposa debe estar muy satisfecha”. Replicó el señor: “Todavía no llego con mi esposa”... FIN.



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