11/08/2017

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Opinión Editorial

Para Mercurio Martínez en su ochenta aniversario y la tierra santa que lo vio crecer


Ninfa Deándar Martínez

Allí donde radicaban nuestros antepasados, en estas tierras del Noroeste, donde un puñado de soldados cuidó el río Bravo en San Ignacio, Tamaulipas, donde conoció de capitán primero el señor Deándar a los 15 años a la señora Ninfa Martínez y casaron en Nuevo Laredo. Donde radicaron los Martínez, los Uribe, los Garza y los Ramírez. Esta tierra santa que vio nacer a un prohombre de la historia de Texas, Mercurio Martínez; procedente de San Ignacio, Tamaulipas, y San Ygnacio, Texas, hace muchos años la historia nos dice de propietarios de grandes extensiones de tierra, esto antes de la Revolución, radicaban las familias, esta tierra que nuestros antecesores cuidaban con esmero en ambos lados del río Bravo; aquí mismo desde chicos nos llevaban en carretas con bueyes que las jalaban y felices íbamos cantando de la ciudad de Nuevo Laredo al rancho, “Amapola, lindísima amapola, cómo puedes tú vivir tan sola” y “Cone, cone, coconito, cone, cone que caray yo le daba su maicito antes sí pero ahora no hay”. Yo era una niña, pero bien que me acuerdo de mi tío “Cone” y de mis abuelos Feliciano y de Cuquita Martínez de Martínez, así con los dos apellidos, porque antes se casaban con los primos, no había más.

En época de cosecha nos llevaban para pizcar el algodón, se daba muy bien, nos íbamos bien desayunaditos pues mi abuelo desde muy temprano, desde las 5:00 de la mañana, ordeñaba a las vacas y nos traía la leche, para las 8:00 de la mañana ya estaba la nata que comíamos con tortilla de harina y café y luego por las tardes nos llevaban al río a dos cuadras de la casa, donde nos bañábamos con un jabón Palmolive o si teníamos suerte esa tarde nos llevaban al “Charco Azul” una tierra hermosa que tenía mi abuelo al otro lado de la carretera, eran aguas cristalinas entre piedras grandes donde nos bañábamos.

Llegábamos a la casa y ya mi nana Pimita con Olivia una muchacha de grandes senos (que mi hermanito Orlando de 2 años cuando lo cargaba le gustaba tener su manita en medio del busto), tenían la cena lista, desde el portal nos llegaban los ricos olores de tortilla de harina y chorizo con huevo, con el hambre despierto y la sonrisa en los labios nos sentábamos en una mesa de madera con bancos en los lados que había construido mi abuelo, con harta hambre lo devorábamos todo.

Por la noche la abuela nos tenía sentaditos escuchando sus bellos cuentos y leyendas como “La Llorona” que nos dejaba fríos de temor y nos acurrucábamos en el gran tendido que mamá Cuquita tenía preparado para nosotros con colchas previamente hechas a mano por ellas y con la ayuda nuestra, cargando el algodón que años anteriores habíamos pizcado, y que lo hicimos posteriormente.

Eran días mágicos de bellos cuentos de hadas y miedos de las leyendas.

Antes, al atardecer, ya mis abuelos habían tocado el acordeón y la guitarra, mis primos Alma y Joel Uribe, Oralia y Efraín Martínez y yo los acompañábamos cantando lindas canciones.

Todos los días cruzábamos el río para comprar en una tienda de San Ygnacio, Texas, carne, tomate, cebolla y chile y chocolates para nosotros y los Uribe se venían en la balsa a pasar los días de vacaciones, había tardes que caminábamos unas cuantas cuadras y ahí estaba el panteón y recordábamos a los que habían partido; mi nana Pimita, mi tía María Cristina, esposa de mi tío Poncho Deándar, se venían corriendo del panteón a la casa porque mis hermanos Orlando y Heriberto chiquillos nos perseguían con una sábana en la cabeza y asustándonos.

Recuerdos que vienen de repente y se van, la visión de un caballo blanco en el gran patio de la casa con mi abuelo montado en él con un sombrero amplio de charro que nos paseaba abrazándonos de la cintura alrededor de la casa.

Recuerdos que me vienen por el aniversario de mi querido primo Mercurio Martínez, ellos tenían su rancho cerca de San Ygnacio, Texas, que aún el primo cuida con cariño las tierras de nuestros antepasados, viene a mi memoria cuando nos invitataron, desde una loma muy cerca de la casa se observaba San Ignacio, Tamaulipas, con su tanque elevado.

Festejamos con él su aniversario y con estos recuerdos quisiera rendirle un homenaje a él y a la familia Martínez y Uribe de Laredo, Texas, porque estos recuerdos los tenemos vivos gracias a ellos que cuidan de las casas, de los pianos y los ranchos de nuestros antecesores.

Post data:

Para mi querido primo por su gran espíritu de servicio tanto para Laredo como para Nuevo Laredo y esto me consta, cuando anduve en la campaña defendiendo para que no nos quitaran el agua con Carlos Cantú Rosas, él nos apoyó y vino a Nuevo Laredo y lanzó una alerta para que no nos la quitaran. Gracias Mercurio, hombres como tú dejan huella tanto en México como en Estados Unidos.




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