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Charlottesville


Genaro Lozano

JOHANNESBURGO.- Sudáfrica es uno de los países del mundo que más dramáticamente experimentaron el colonialismo y que vive aún las secuelas del racismo instaurado por el Apartheid. Apenas en 1994 la población negra adquirió el derecho a votar, a pesar de ser casi el 80% del total de los sudafricanos. Nelson Mandela pasó 27 años de su vida encarcelado, escribiendo, reflexionando sobre el racismo y cómo acabar con la segregación. Hoy Mandela vería horrorizado cómo el presidente del país más poderoso del mundo minimiza el foco rojo prendido por Charlottesville y las marchas de supremacistas blancos.

El péndulo se está moviendo. Los ocho años de la Presidencia de Obama movieron el discurso hacia la corrección política. Con Obama las vidas de los afroamericanos importaron, al menos en el discurso. Con Obama el combate a la discriminación de las minorías se sentó en la Casa Blanca y temas como la protección a los derechos de minorías LGBT, el empoderamiento de las mujeres y la visibilidad de los retos para garantizar las promesas de Abraham Lincoln, W.E.B. Dubois, John F. Kennedy, Martin Luther King, Jr. y Malcolm X tuvieron eco en el primer presidente afroamericano de la historia estadounidense. Sin el trabajo de ellos y otros más, Obama no habría sido presidente.

Sin embargo, ocho años no bastaron ni para terminar con la tensión racial ni para mejorar las condiciones de vida de los afroamericanos. Para quienes vieron en la Presidencia de Obama el inicio de una era post racial estadounidense, los hechos en Charlottesville son un balde de agua fría, un despertar a la realidad. Estados Unidos sigue siendo un país racista, misógino, xenofóbico, homofóbico y transfóbico.

Sin Obama y con Trump, el péndulo se movió a la extrema derecha. Los grupos que odiaron todo lo que Obama significó, hoy se sienten empoderados y usando un mal argumento en torno a la libertad de expresión salen a las calles, saludan a su Presidente con un “Heil Trump”, cantan consignas racistas, incitan a la violencia y provocan atentados porque saben que tienen a un aliado en la Casa Blanca, porque en lugar de condenarlos a ellos, a los violentos, a los fascistas, al centenar de neonazis que marcharon en Charlottesville, Trump condenó, inicialmente, “la violencia y el odio de muchos lados”, sin mencionarlos, sin levantar el dedo y apuntarlos.

Más aún, al hablar en su mensaje de “un solo EU” y de “un solo dios”, Trump les manda un guiño, claro y contundente. Los arropa, como arropa al supremacista blanco de Steve Bannon a su lado.

Charlottesville es un reflejo de todos los días. De las calles de ciudades estadounidenses, pero también de las de Pretoria, Río de Janeiro, Mumbai, Monterrey, Lima o Melbourne. El racismo sigue vivo y en las sociedades post coloniales se combina y confunde perversamente con el clasismo. En las bromas de las clases medias y altas de estas sociedades, en la explotación de trabajadores mal pagados, en los mensajes de ex presidentes que hablan de labores que “ni los negros quieren hacer”, en las cadenas de los antros de la Condesa que tienen “listas de invitados”, en el lenguaje de quienes hablan de “chachas” o en grupos antiderechos humanos de personas LGBT, y por eso el merecido apodo al Frente “Nazional” por la Familia.

La traumática e incompleta transición sudafricana obliga a pensar en el legado de Mandela y de sus múltiples aliados para rechazar colectivamente el racismo de Charlottesville, de las formas diarias del racismo y clasismo en las que todos incurrimos y de la negación de derechos a minorías en dondequiera que se encuentren.

Trump encabeza hoy la contraola al sueño de Gandhi, Luther King Jr. y Mandela. No puede haber una resistencia exclusivamente estadounidense. Así como la presión internacional puso freno al Apartheid sudafricano, el mundo debe resistir ante el peligro de un ignorante encabezando el gobierno del país más poderoso del mundo.

@genarolozano



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