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Llamadas desatendidas


Padre Leonardo López Guajardo

Hace pocos días, en un periódico español, se publicó la siguiente noticia:

“El pasado 2 de agosto se encontró el cuerpo si vida de Isaak Komisarchik, un anciano de 82 años residente en Denver, Colorado (Estados Unidos).

Su desaparición denunciada el pasado 5 de julio.

Su cuerpo ha sido encontrado por los trabajadores de un edificio, después de que los residentes se quejaran de un fuerte olor que venía del garaje.

Komisarchik fue visto por última vez en pijama cerca de un centro asistencial de salud.  

El anciano sufría de demencia, hecho que podría explicar porqué usó el ascensor que estaba fuera de servicio.  

El 6 de julio se registraron dos llamadas de auxilio desde el ascensor en un intervalo de 7 minutos, aunque nadie respondió, como aseguran desde The Sun.

Según ha declarado el médico Steven Castro, todavía no se han podido determinar las causas de su muerte, ya que el cuerpo se encontró en estado avanzado de descomposición.

La Policía, en un principio, centró sus investigaciones en los lagos colindantes a la vivienda del fallecido, pensando que podía haberse caído en uno.

Los responsables de atender las llamadas de emergencia son los bomberos o las empresas que controlan las incidencias que se producen en el interior de los ascensores, quienes deben contestar en un plazo de 30 segundos.  

Las autoridades investigan por qué su llamada de auxilio fue ignorada”.

Hasta aquí la historia del periódico, y me quedo con las últimas palabras del artículo, que no dejan de ser cuestionantes para nosotros, ¿hemos desatendido las llamadas de auxilio de los ancianos?

Vale la pena recordarlo, no olvidemos que el próximo 28 de agosto se celebra el Día del Anciano, una invitación a la sociedad para revisar el comportamiento hacia los ancianos, un sector fácilmente olvidado por nosotros, envueltos en la vorágine de nuestros compromisos que se convierten en una perfecta excusa para desatenderlos.

En noviembre pasado, el Papa dijo durante una audiencia lo siguiente:

“Quien está enfermo, muchas veces se siente solo. No podemos esconder que, sobre todo en nuestros días, precisamente en la enfermedad se adquiere la experiencia más profunda de la soledad que atraviesa gran parte de la vida. Una visita puede hacer que una persona enferma se sienta menos sola, y un poco de compañía ¡es una estupenda medicina!

Una sonrisa, una caricia, un apretón de manos son gestos simples, pero muy importantes para quien se siente abandonado. ¡Cuántas personas se dedican a visitar a los enfermos en los hospitales o en sus casas! Es una obra de voluntariado impagable. Cuando es realizada en el nombre del Señor, entonces se convierte también en expresión elocuente y eficaz de misericordia. ¡No dejemos a las personas enfermas solas! No les impidamos encontrar alivio y a nosotros ser enriquecidos por la cercanía, de quien sufre. Los hospitales son verdaderas ‘catedrales del dolor’, donde sin embargo se hace evidente la fuerza de la caridad que sostiene y siente compasión”.

Todos tenemos a una persona anciana que atender. Es lamentable constatar que en muchos casos, nos acordamos de ellos cuando es demasiado tarde. Siempre será más fácil estar junto a un sepulcro que junto a un anciano, cuya presencia, a veces, nos incomoda, nos molesta, nos quita tiempo. Y olvidamos que en poco tiempo y más pronto de lo que nos imaginemos, nosotros ocuparemos esa silla, esa cama y comprenderemos en ese momento, lo importante que era la presencia de nuestros seres queridos que tendrán las mismas excusas que nosotros para desatendernos.

Es tiempo de cambiar la historia. En ello, como siempre, usted tiene la última palabra.

 padreleonardo@hotmail.com




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