05/09/2017

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Juegos de Poder

¿Acaso los ciudadanos no tenemos algo de culpa?


Leo Zuckermann

Mucho nos quejamos los mexicanos de nuestra situación precaria. Nos encanta echarle la culpa al gobierno de nuestros problemas públicos como si los ciudadanos fuéramos blancas palomitas. Hoy le pregunto: ¿no tenemos los ciudadanos algo de culpa por tener un Estado tan deficiente en materia de seguridad pública y políticas de bienestar social? ¿Cuánto contribuimos los mexicanos a nuestro Estado nacional? La respuesta es: poco, muy poco.

Comencemos con los impuestos: ¿cuánto pagamos? Los números no mienten. Somos de los países del mundo entero con las recaudaciones más bajas como proporción del tamaño de la economía nacional: alrededor del 17% del Producto Interno Bruto. Es lógico. Una gran parte de la sociedad vive en la informalidad y, por tanto, no paga un solo centavo de impuestos a la renta. Sólo contribuye, a través del IVA, con una parte mínima de su ingreso: por ahí del 16%.

Los que sí trabajamos en la formalidad, pagamos más. Por ahí del 33% de los ingresos, más el 16% del IVA que sufragamos en cada transacción comercial. Es una cifra considerable pero, comparada con lo que pagan ciudadanos de otras naciones, es mucho menos. Hay países europeos donde los ciudadanos le dejan la mitad de sus ingresos al gobierno y, además, pagan tasas exorbitantes de IVA que pueden llegar al 25%. Como me dijo un día una canadiense: “fíjate tú, yo trabajo la mitad del año para el Estado; de enero a junio mi dinero es para impuestos; lo que a mí me queda es lo que gano entre julio y diciembre”.

A cambio tienen Estados fuertes con capacidad de proveer seguridad pública y muchas políticas de bienestar social. Pero aquí en México tenemos la falsa ilusión de que es posible tener un Estado de este tipo con impuestos bajos. Hasta la izquierda así lo piensa. Es una falacia.

Súmese a este tema que aquí no tenemos servicio militar obligatorio (en el papel existe, pero la mayoría se salva gracias a una lotería y, los que asisten, van la mitad de un sábado a marchar). Los ciudadanos mexicanos no tenemos que darle meses o años enteros de nuestras vidas a la defensa de nuestro Estado. A diferencia de otras naciones, contamos con un ejército de voluntarios que son los que enfrentan las amenazas a la seguridad pública y nacional.

Estos dos factores –pocos impuestos y falta de una conscripción militar obligatoria– determinan nuestra actitud frente al Estado. Como contribuimos poco, lo sentimos lejano, incluso ajeno. ¿A qué me refiero? Imaginemos un escenario donde todos los mexicanos, absolutamente todos, tendríamos que darle la mitad de nuestros ingresos al erario. Además que nuestros hijos, al cumplir la mayoría de edad, tuvieran que asistir de manera obligatoria y de tiempo completo al Ejército. Digamos que un año entero. Lo mismo ricos que pobres, educados o no, del norte y del sur, todos sirviendo encuartelados en el Ejército mexicano. ¿Cómo nos comportaríamos frente a nuestro Estado? ¿Acaso no tendríamos más incentivos para involucrarnos en las decisiones públicas? ¿No demandaríamos más cuentas las instituciones del Estado incluyendo las Fuerzas Armadas?

Estoy convencido que sí. Tomemos un caso: la llamada “guerra” en contra del crimen organizado. De acuerdo a las encuestas, muchos mexicanos están de acuerdo con que las Fuerzas Armadas estén en las calles combatiendo este flagelo. La verdad es que resulta muy cómodo opinar así cuando un campesino de Oaxaca, que se metió al Ejército por no tener otras oportunidades, es quien está arriesgando la vida persiguiendo narcotraficantes en Tamaulipas.

Ahora imagine usted si su hijo o hija (en algunos países la conscripción militar obligatoria también es para las mujeres) tendría que estar revisando camiones en un retén en Michoacán o echando bala en contra de los criminales en un barrio de Tijuana. ¿Cuál sería su opinión al respecto? ¿Seguiría pensando que el Ejército debe combatir esta “guerra”? ¿No se involucraría más con lo que está sucediendo en este tema?

Es un asunto de naturaleza humana: cuando las cosas cuestan más, la gente las aprecia más, las cuida más y se involucra más en ellas. Lo mismo aplica con respecto a nuestra organización política llamada “Estado-nación”.

Si aquí lo vemos muy lejano es porque, comparativamente hablando, los ciudadanos contribuimos poco a su fortalecimiento y supervivencia. Ni pagamos muchos impuestos ni mandamos a nuestros hijos a servir en las Fuerzas Armadas. La realidad es que si quisiéramos un Estado más fuerte y eficaz tendríamos que revisar, en primer lugar, los mecanismos para que la sociedad contribuyera más. No se puede tener un Estado sólido sin costos para la ciudadanía.

Twitter: @leozuckermann



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