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De política y cosas peores

Una es Chana y otra es Juana


Catón

Gris era la tarde; grisácea la neblina. El novio le comentó a su dulcinea: “En tardes así ¡cómo se antoja un hotelito! Perdón: un atolito”... Empezó la temporada de beisbol y aquel muchacho, gran aficionado al Rey de los Deportes, llevó a su amiga a ver un partido. Ella no sabía nada acerca del juego, de modo que el galán le iba explicando lo que sucedía en el diamante. Uno de los peloteros recibió base por bolas y se encaminó con lentitud a la primera. Preguntó la chica sin entender: “Tú me dijiste que para que un jugador vaya a las bases debe pegar de hit. Éste ni siquiera hizo el intento de darle a la pelota, y sin embargo va a primera base. ¿Por qué?”. Respondió el muchacho: “Es que tiene cuatro bolas”. “Ya veo -asintió ella-. Con razón va tan despacito”... Pepito le preguntó a su tía Gorgolota: “¿De dónde vienes, tiíta?”. Contestó ella: “Del salón de belleza”. Volvió a inquirir el niño: “¿Estaba cerrado?”... Una mujer bebía su copa en la barra de la cantina. Se le acercó un beodo y le dijo con tartajosa voz: “Te pareces mucho a mi mujer”. Ella lo rechazó, molesta: “¡Quítate de aquí, borracho inmundo; briago insolente; ebrio desvergonzado; majadero farotón!”. “¡Mira! -exclamó sorprendido el temulento-. ¡Hasta hablas igualito que ella!”... Doña Fecundina, mujer de pueblo, era madre ya de 15 hijos. Fue con un ginecólogo de la ciudad, el doctor Wetnose, y le manifestó que no quería ya tener familia. El facultativo le entregó un frasco de píldoras anticonceptivas. “Con estas pildoritas -le indicó- ya no encargará usted”. Meses después regresó doña Fecundina. Lucía las evidentes señas de su decimosexto embarazo. Le preguntó el galeno: “¿Usó usted las píldoras que le receté?”. “Me las puse, doctor -respondió ella-, pero se me caían”... No conozco al señor don Luis Miranda. El hecho de vivir en Tierra Santa -o sea en Saltillo- es venturosa circunstancia que me permite no conocer a mucha gente. Mientras más gente conoces menos amigos tienes. “Pocos amigos y pocos libros”, postulaba el tío Felipe. Y añadía: “Y también pocas mujeres”. Es verdad: demasiado conocimiento puede llevar a demasiado olvido. Pero me estoy perdiendo ya en los cerros de Úbeda. A lo que voy es a recordar un decir de pueblo que en muy pocas palabras dice mucho. Sentencia esa sentencia: “Una es Chana y otra es Juana”. Mucha largueza hay en esa brevedad. En sus siete palabras cabe todo el sentido común, y caben también virtudes como la tolerancia, la comprensión y la magnanimidad. Otra máxima evoco, también de siete palabras: “Cada quién es hijo de sus obras”. Esto lo escribió Cervantes. Sinrazón muy grande, pienso, es culpar al secretario de la Sedesol de lo que han hecho familiares suyos. Una cosa es Chana y otra es Juana. Sé que decir esto, tan obvio, tan elemental, me atraerá las iras del círculo rojo, si no es que también del azul, del morado, del amarillo con negro, del anaranjado y aun del verde, que tan pocos motivos tiene para la ira. Pero si las culpas de los padres no deben caer sobre los hijos tampoco deben caer sobre nadie los yerros de los hermanos y de las hermanas; de los primos y las primas; de los sobrinos y de las sobrinas; de los suegros y las suegras; de los cuñados y de las cuñadas, etcétera, etcétera y etcétera. Esto que digo no es una defensa del señor Miranda, a quien-vuelvo a decirlo- no conozco ni sería capaz de identificar en un grupo de dos personas, sobre todo si no hay luz suficiente. Esto es para poner en obra las palabras del inmortal autor del Quijote: “Cada quién es hijo de sus obras”. Hijo de sus obras, escribió Cervantes, no hijastro de las obras de los demás... FIN.



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