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Artículo

Mara


Denise Dresser

Mara. No te conocí pero sí te conocí. La sonrisa abierta, luminosa, franca. Parada en una pose entre divertida y desafiante, mandándole un mensaje al mundo: “aquí estoy, pertenezco”. Vi tu fotografía y pensé en que te parecías a mi hija, y en esos días en los que no sabíamos dónde estabas, te volviste mía. Te adopté y todas las mañanas revisaba la prensa y las redes sociales para saber algo de tu paradero. Incluso yo, la agnóstica, la que desprecia a la iglesia como institución, le recé a todos los dioses para que te encontraran, para que te encontráramos.

Me imaginaba a tu madre, atrapada entre la angustia y la incertidumbre y un pellejo de esperanza. Lo mismo que yo sentiría si mi niña desapareciera viva y reapareciera muerta, envuelta en una sábana. Tu madre, condenada a respirar hacia adentro y hacia afuera sin desearlo ya, porque no estás. Pienso en ella y quiero gritar y gemir y ser yo la que está en ese pedazo de tela blanca ensangrentada y esconderme de la vida y de los vivos porque me da pena mi país. Porque te fallamos, Mara Castilla.

Te fallaron la sociología, la historia, la cultura de México. Te fallaron las instituciones, el sexismo, el machismo, la misoginia, las políticas de Cabify. Todo eso cayó, violentamente, sobre tu cuerpo. Te matamos, entre todos, por acción u omisión o sinrazón o indolencia. Esta sociedad -como escribe Sabina Berman- “moralmente confundida” que todavía discute si el odio contra las mujeres es permisible.

Esta sociedad ignorante que te culpa por tener la falda demasiado arriba, el escote demasiado abajo. Esta sociedad aberrante que te critica por ir a un bar y divertirte y bailar y vivir, como tantas noches lo habrá hecho mi hija, educada para ser persona y no recipiente u objeto. Educada para ser Vikinga, dueña de sí misma como lo eras tú, hasta que te topaste con la realidad de ser mujer en México.

Súbete a un taxi y tu cuerpo puede ser destruido. Ve a un bar con amigos y tu cuerpo puede ser destruido. Baila con desconocidos y tu cuerpo puede ser destruido. Ser mujer en México es estar desnuda ante los elementos. Vivir con miedo permanente ante la posibilidad del puño alzado, el cuchillo punzante, la mano que estrangula, el pene que viola. La desnudez perenne porque la ley no te protege, los jueces no te creen, la sociedad no te arropa. El sistema vuelve a tu cuerpo algo que se puede romper.

Entiendo eso y porque lo entiendo, cargo con una tristeza inmóvil, inenarrable. Estoy triste por tu familia, por la familia de tantas, por México, pero sobre todo en este momento estoy triste por ti. Por las Ciencias Políticas que no estudiarás, los libros que no leerás, las ideas que no discutirás, los besos que no compartirás, la hija que no mirarás, embelesada, como tu madre te miró a ti, como yo miro aún a la mía. Estoy triste porque ante tu historia -singular y a la vez arquetípica- percibo una injusticia cósmica, una crueldad profunda, un deseo de romper cadenas y escapar corriendo, contigo, para salvarte, para salvarnos.

Pero no sé exactamente dónde se halla la salvación porque llevamos años marchando, denunciando, reclamando al Gobierno para que cumpla con su obligación fundacional de protegernos. Y no pasa nada. Siguen matándote, matándome, matándonos. Mientras hombres que golpean a mujeres pasean por los pasillos del poder y se lo reparten. Y lo poco que nos queda es hacer videos con consejos para cuidarnos ya que otros no lo hacen. Buscar formas de lidiar con la mutilación casual, los huesos rotos, la sábana ensangrentada, lo que le pasa a un cuerpo cuando intenta escapar.

Pero esto sí te prometo, Mara. Mara bonita, Mara, mexicana, Mara mía y de todos. Me haré y nos haremos responsables de los hombres ignominiosos detrás de tu muerte; los hombres que siempre encontrarán una excusa detrás de tus movimientos libres, para inculparte. Cada día será uno de lucha para que seamos, todas, ciudadanas completas en este terrible y maravilloso país.

Y ojalá estés en algún paraíso, en alguna biblioteca. Ojalá te topes con mi padre y mi hermana y los 43 y los 30,000 que nos faltan. Hasta allá te mando estas líneas de Harriet Tubman: “Si estas cansada, sigue adelante. Si tienes miedo, sigue adelante. Si tienes hambre, sigue adelante. Si quieres probar la libertad, sigue adelante”. Seguiremos adelante, Mara. Por ti, para ti, por nosotras y por las hijas que vendrán.



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