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Levantarnos


Denise Dresser

Para los caídos.



Querido México, mi país. Veo los escombros y las losas apiladas y las varillas torcidas que son tu cara y la de tantos. Te veo roto, adolorido, vulnerable, pero también aguerrido, luminoso, solidario. Destruido otra vez pero nunca del todo o para siempre y te digo esto porque te amo y no lo olvides nunca. Veo a los autores de la devastación -los políticos corruptos, las constructoras rapaces, los inspectores que nunca fueron- y habrá que llamarlos así porque aquí hay culpables e inocentes. Aquí hay criminales y habrá que exhibirlos cuando se asiente el polvo. Ya llegará ese momento, cuando dejemos de temblar; cuando paremos de escarbar; cuando nos limpiemos las lágrimas. En este instante sólo basta saber que nos amamos y por eso hemos sobrevivido.

Sobrevivimos por el brigadista que llegó, el voluntario que se presentó, el joven que participó, la perra Frida que olfateó, el equipo de Horizontal que verificó. Sobrevivimos por el puño alzado y el silencio de cientos, parados, entre los restos de hogares que ya no lo son. Sobrevivimos por las canciones que cantamos, por esos “Cielitos lindos” prendidos del corazón. Sobrevivimos a pesar de un sistema político que nos recuerda con brutal claridad que no valemos como seres humanos.

En el multifamiliar en Tlalpan, en Jojutla, en Xochimilco, en Joquicingo, en la fábrica clandestina de costureras, en este México donde se nos ha exigido hacer las paces con la mediocridad. Será difícil reconstruirte, pero lo haremos porque en medio de estas ruinas que ves, también está edificándose la dignidad. Inquebrantable y monumental.

Como lo escribió Homero, el poeta, “en el justo momento en el que pensé estar perdido, mi celda se sacudió y mis cadenas cayeron”. Yo vi esas cadenas descartadas en el suelo sobre Álvaro Obregón, entre cientos de voluntarios tomando turnos para recoger piedras, pasarlas de mano en mano. Vi esos grilletes desechados en la calle frente a la universidad donde soy maestra, cuando mis alumnos se convirtieron en ciudadanos en medio de un febril centro de acopio. Vi nacer a hombres y mujeres libres en cada pasillo polvoso, agrietado, en cada albergue ruidoso, en cada letrero hecho a mano con los nombres de los sobrevivientes, en cada sitio donde había un edificio herido y alguien agonizando ahí mientras velábamos, rezábamos afuera. Este septiembre patrio de muertes y renacimientos y nuevas constelaciones.

Porque la palabra ‘desastre’ proviene del latín ‘dis’ que significa falta o ausencia, y ‘astro’ que significa estrella o planeta. Y de pronto en el firmamento nuestro -nublado, lluvioso, apagado- se atisban algunas estrellas. Hélas ahí. Mexicanos drenados, exhaustos, pero ahí. Un estudiante tecleando, tuiteando, consiguiendo motocicletas y bicicletas y camiones. Un Supercívico jocoso e indestructible, recorriendo la ciudad, su ciudad, llamando la atención a todo aquello que la aqueja, franqueando ríos de fatigas. Médicos y cineastas y taxistas y ferreteros y restauranteros, iluminando el país que hay debajo del cascajo. Unidos, todos, por la naturaleza de la opresión que hemos padecido: gobierno tras gobierno inerte, ausente, incompetente.

Los miembros de esa casta de connivencia a quienes les hemos enseñado en días recientes qué pasa cuando nosotros tenemos el poder. Poder para convocar, organizar, responder, cuidar y cuidarnos. Poder para decir y decirles, basta. Basta de spots publicitarios y carretadas de dinero y elecciones multimillonarias. Basta de mexicanos atrapados, aplastados por su propio país,

Ojalá, México, que entre tanta muerte nos hayamos ganado finalmente el derecho a la vida. Y nos responsabilicemos por ella; por cada pequeño destello que en esta semana alumbró la aterradora oscuridad de la cual venimos y a la cual no debemos volver.

Habrá que negociar el pasaje a la luz con exigencias sobre cómo y para qué se usa el dinero público; cómo y para qué funcionan los partidos. Habrá que reconocer lo que el terremoto evidenció junto a cada edificio caído: es enteramente inaceptable que los ciudadanos no tengan voz real y poder real y participación real y reconocimiento real en su propio país.

Evocando a José Emilio Pacheco, esta es la tarea para delante, para la brigada humana, para la brigada mexicana: con las piedras de las ruinas hacer otra ciudad. Otro país. Otra vida. Levantar y levantarnos.



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