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Escenarios

1985 y 2017


Genaro Lozano

El pasado 19 de septiembre, cuatro horas después del sismo, llegué caminando a la calle de Bolívar, esquina con Chimalpopoca, en la colonia Obrera.

Un amigo me había escrito por WhatsApp alertándome de la caída de un edificio ahí, justo a lado de la escuela primaria pública Simón Bolívar. Caminé por la zona, preguntando si alguien había escuchado del derrumbe de un edificio o de una primaria y con ayuda de vecinos llegué al lugar.

La zona ya estaba acordonada, pero los policías dejaban pasar a cuanta gente quisiera. Ahí se repetía el performance que después vi en Xochimilco y en la Del Valle: miles de personas convertidas en rescatistas, vecinos, extraños apoyándose y el puño en alto para pedir silencio.

En Bolívar grabé el rescate de un hombre que salió caminando de entre los escombros, seguido de los aplausos de los cientos de voluntarios. La voluntad cívica de la Ciudad de México en su esplendor ante la tragedia.

La reacción de la gente no me sorprendió, porque, como escribió Carlos Monsiváis, “el sismo del 85 trajo consigo la idea de la sociedad civil como un esfuerzo comunitario de autogestión y autoconstrucción”.

Lo que me sorprendió en Bolívar fue la rápida y numerosa presencia de autoridades: Ejército, Policía Federal, Protección Civil, médicos y ambulancias con el logotipo oficial del Gobierno de la Ciudad de México, así como maquinaria pesada y hasta una enorme lámpara para iluminar en cuanto se fuera el sol.

En contraste, al día siguiente, al visitar San Gregorio Atlapulco vi a miles de voluntarios civiles, pero escasa presencia de autoridades.

En Bolívar un rescatista me señaló a un grupo de hombres que observaba todo a la distancia. Me dijo: “Los judíos de allá atrás trajeron todo, son los dueños de la fábrica que se cayó”.

Me acerqué a pedirles información sobre lo que se había colapsado. El nombre de la empresa, el número de personas en el edificio, el giro del negocio y otros detalles. Hablé primero con uno, quien se negó a darme la información. Me dijo que no sabía, que él no era el dueño, que era “amigo de un amigo del dueño”. La misma historia se repitió con otros tres más.

Un policía y un voluntario más me dijeron que en el edificio había una fábrica de textiles y que pensaban que por lo menos una veintena de personas estaba bajo los escombros. Otro rescatista más me dio la versión de que los policías, la maquinaria y las ambulancias habían sido contactados por los dueños de la fábrica y que por eso habían llegado tan rápido.

Es el México de la disparidad y de los contactos que mueven montañas. En esto hay pocas diferencias entre 1985 y 2017.

Días después algunos medios publicaron que en Bolívar había varios negocios, entre ellos una empresa de juguetes y una textilera, en donde había mujeres costureras. Diversos rumores señalaban que había trabajadoras inmigrantes de Centroamérica y chinas.

Con el paso de los días, embajadores centroamericanos rectificaron y negaron la presencia de centroamericanas, mientras que la oficina del representante de Taiwán en México, confirmó la presencia de taiwaneses en el edificio, pero validó su residencia legal en el país.

Durante el sismo de 1985 en la calle de San Antonio Abad se cayeron varias fábricas textileras, sepultando a cientos de costureras y dejando sin trabajo a más de 40 mil de ellas. De esa tragedia surgió el liderazgo sindical y un movimiento pro derechos de trabajadoras en el país. Ante esa tragedia el feminismo reivindicó los derechos laborales.

En 2017, a Bolívar llegaron brigadas feministas y personal de Inmujeres. La tragedia del 85 no se repitió en este caso, pero sí la opacidad de las autoridades. A dos semanas de la tragedia seguimos sin tener una lista de las personas rescatadas con vida y sin ella en cada lugar afectado. Por ello el Centro Vitoria y otras siete organizaciones demandan certezas sobre qué pasó en Bolívar. En esto el Gobierno de Mancera en 2017 se parece al de De la Madrid en 1985.




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