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De política y cosas peores

Alguna ayuda


Catón

Pompilina, muchacha en flor de edad, contrajo matrimonio con el señor Vetulio, caballero de muchos almanaques. Al año de casada fue a la consulta del doctor Wetnose, reputado ginecólogo, y le manifestó su inquietud por no haber encargado aún familia. La interrogó el facultativo, y se enteró de que el esposo de la joven mujer rondaba los 80. Le sugirió, insinuante: “Si quiere usted quedar embarazada deberá buscar alguna ayuda. ¿Me entiende?”. “Sí, doctor” -replicó Pompilina-. Y le aseguró que de inmediato la buscaría. Meses después regresó con el médico. A más de una amplia sonrisa de felicidad lucía las evidentes señas de un próspero embarazo. Le dijo el doctor Wetnose, sonriendo también: “Veo que buscó usted ayuda”. “Sí, doctor -respondió ella-. Lo único malo es que mi marido también embarazó a la ayuda”… Simplicio se hizo novio de Ugolina. La pobre chica era feíta, por decir lo menos. A la madre del mancebo no le gustó nada su futura nuera, y así se lo manifestó a su hijo. Él se atribuló. “¿Por qué no te gusta mi novia, mamá?”. “Es muy fea” -respondió, claridosa, la señora-. “Madre -opuso Simplicio con solemnidad-: la belleza de Ugolina está en su interior”. Sugirió la madre: “Pues pélala, hijo”… El Creador hizo los cielos, la tierra y los océanos, y dio vida también a las criaturas que los pueblan. Se dispuso a descansar, pero en eso la gallina le pidió audiencia. “¿Qué quieres?” -preguntó el Padre. “Señor -replicó la gallinita-. O haces más chico el huevo o haces más grande el hoyo”… Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, visitó una casa de asignación, mancebía, ramería, manfla o lupanar, y contrató los servicios de una de las señoras que ahí laboraban. Al empezar la acción el cliente vio en el cuerpo de la mujer un sospechoso insecto. “¿Qué es eso?” -preguntó escamado-. “No lo sé -replicó ella-. Soy prostituta, no entomóloga”… La maestra de Pepito les mostró a los niños un cartel en cual aparecían los enanitos de Blanca Nieves en el momento de ir a sus labores en la mina. Caminaban uno tras otro con expresión feliz. Quería la profesora que sus pequeños alumnos aprendieran que el trabajo produce satisfacción y gozo a quien lo cumple. Les preguntó: “¿Por qué los enanitos se van riendo?”. Al punto respondió Pepito: “Seguramente porque la hierbita les hace cosquillitas en los güevitos”... FIN.



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