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¿Frente o farsa?


Denise Dresser

Hoy el Frente Ciudadano por México conformado por el PAN, el PRD y Movimiento Ciudadano es la piñata política en México. El pasatiempo preferido del PRI y de los lopezobradoristas es propinarle patadas, lanzarle insultos, descalificar a sus miembros, linchar en la plaza pública a quienes intentan siquiera pensar en una alianza opositora como alternativa en México.

Quienes lo conforman u osan siquiera pensar en la posibilidad de explorarlo son tachados en automático como vendidos, traidores, miembros de la mafia, chayoteros, funcionales al PRI o maquiladores maquiavélicos del mejor postor en su tiempo libre. El Frente Ciudadano es Mordor o Slytherin; quienes lo lideran se han convertido en la nueva encarnación de Sauron y Voldemort. El Anillo del Mal.

De pronto, todas las fallas del país son atribuidas a una alianza -en ciernes- que podría conformar un genuino frente opositor, catalizar el cambio sistémico y ser opción para millones de electores indecisos que no saben por quién votar. Para los políticamente huérfanos atrapados entre la cleptocracia asegurada del PRI o el mesianismo incierto de López Obrador. El tamaño del peligro que esto representa para el priismo y el lopezobradorismo explica la furia de sus ataques. Desde ambos bandos intentan convertir al Frente aún en construcción como el verdadero peligro para México. En esta narrativa, no hay político más corrupto que Ricardo Anaya, no hay partido más corrompido que el PRD y ahí es donde los enfurecidos deberían tirar piedras y enfocar su encono.

Pero ese discurso desvía la atención del enemigo fidedigno: el régimen político priista que la transición electoral no destruyó. El PRI como forma de vida y reparto del botín que los partidos emulan cuando llegan al poder.

La transición se truncó. La democracia se descarriló. Y todos los miembros de la clase política en los últimos veinte años son responsables de ello, incluyendo el PAN-PRD-MC, que no supieron cómo ser oposición. No pudieron o no quisieron combatir la corrupción o reconstruir instituciones o empujar la autonomía judicial o ciudadanizar la política o rendir cuentas. Llegaron al poder no para confrontar al PRI sino para mimetizarlo. Arribaron a Los Pinos y a las gubernaturas no para desmantelar redes clientelares sino para montarse sobre ellas. El PAN desató la cruenta y contraproducente guerra contra las drogas: el PRD hizo negocios y enriqueció a sus dirigentes; Movimiento Ciudadano llevó a cabo alianzas inconfesables y pactos podridos. Nadie tiene las manos limpias ni las conciencias tranquilas aquí. Pero eso no significa que por equivalencia inmoral el PRI merezca perpetuarse o López Obrador sea la única opción por default, la fruta menos podrida en el mercado.

La implicación sustantiva del fracaso partidocrático en México es la urgencia de cambios al régimen, cambios a la forma de hacer política, cambios a la forma de vincular a los partidos con la sociedad, cambios a la relación entre Estado y mercado. Y eso entraña el fin de aquello que todos los partidos han vivido como la normalidad, lo que han aceptado. El fin del pacto de impunidad. El fin del pacto de rapacidad. El fin del saqueo sexenal. El fin de la rotación de élite impunes. El fin de la militarización como estrategia de seguridad nacional. El fin del gobierno como sitio para la distribución del botín partidista. El fin de la “República mafiosa”. Y el principio de eso que todos los partidos, incluyendo Morena, han resistido: la rendición de cuentas, la transparencia total, la recuperación de lo público desde la ciudadanía y para la ciudadanía.

Esta es la agenda que el Frente debería asumir; estas son las causas que trascienden ideologías y dogmas; estas son las banderas que debería recoger si desea ser una fuerza y no una impostura. Pero sólo lo logrará si es un frente verdaderamente opositor y verdaderamente ciudadano. Si en lugar de sólo cazar votos porque no es el PRI o AMLO, ofrece un plan programático y audaz. Si en vez de pelear por candidaturas y prebendas y pedazos de poder, lucha por lo pendiente que la transición no tocó: instituciones podridas, reglas disfuncionales, ciudadanos exprimidos o ignorados.

Si la alianza PAN-PRD-MC hace esto, podría convertirse en un hito. De lo contrario demostrará que es una farsa más; un muro al cual golpeamos con la esperanza inútil de que se convierta en una puerta.




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