20/11/2017

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Columna Huésped

Del frente y del perfil


Jesús Silva-Herzog Márquez

El Frente por México es la segunda temporada del Pacto por México. El convenio inicial terminó con el imperio de los vetos que había bloqueado, por lustros, reformas cruciales para el país. Pero no solamente fue eso, fue el instrumento que permitió a los dirigentes de los partidos redefinir sus lealtades, separarse de sus antiguos dueños y declarar la aparición de una nueva voluntad. Una convergencia de politiquerías.

Para los dirigentes del PAN, el Pacto permitió dar la espalda al gobierno de Felipe Calderón. Tras el maltrato que habían recibido de su propio militante, los nuevos dirigentes del PAN celebraban el diálogo con el gobierno priista y alababan la eficacia de Peña Nieto.

Los perredistas encontraron en el Pacto por México el mejor contraste con la política de Andrés Manuel López Obrador. Aprobando las reformas, la burocracia que dirigía al PRD defendía una voluntad de diálogo, un respaldo al orden institucional, un testimonio de lo que ellos describen como izquierda moderna.

Como aquel pacto, el Frente es la expresión más acabada de la partidocracia. Para ser más precisos, el Frente es una nueva vertiente de la cartelización de nuestros partidos. Tomo esa caracterización de Richard Katz y de Peter Mair para hablar de la tendencia a la colusión que reside en los partidos contemporáneos. Partidos que cuidan sus privilegios para repartirse la renta.

Me confieso incapaz de celebrar la fusión de PAN y PRD. Es una desgracia para el país perder la crítica del PAN a los gobiernos perredistas de la Ciudad de México. Es una desgracia para el país que el PRD sacrifique su agenda de libertades para no ofender a la ultraderecha panista.

Que el Frente se presente como frente “ciudadano” es tan convincente como creer que el PRI se ha renovado porque hay quien lo llama “nuevo PRI”. Las etiquetas de los publicistas suelen encubrir la carencia fundamental del producto. Nada “ciudadano” hay en el Frente.

El Frente es una reacción eminentemente partidocrática ante la fuerza de López Obrador y la probabilidad de la reelección priista. Su gestación, su discurso, su propuesta es eminentemente partidocrática. Ha nacido de las negociaciones secretas entre dirigentes con aversiones comunes. No ha sido nunca un proceso público ni abierto porque la cúpula tripartita no está dispuesta a soltar el control.

La segunda temporada del Pacto continúa la misma lógica de la inicial. Los riesgos que corren los protagonistas se han elevado significativamente, los guionistas han elevado el suspense de la trama, pero el cuento es el mismo. Los dueños de los partidos políticos tratando de salvar el pellejo, utilizando sus franquicias para ventilar sus rencores, para excluir a sus adversarios y para promover su ambición.

Si algo es claro es que esto no es una nueva forma de hacer política. Podrá repetir el discurso del “cambio de régimen” pero es la misma política de siempre. ¿Cómo imaginar que pueda surgir la novedad de tanta reiteración?

Como el consenso inaugural del peñismo, el que hoy se levanta contra el PRI y contra Morena se sostiene en la tesis de la superación de las ideologías. Lo que antes fueron izquierda y derecha necesitan caminar juntas. Pero, si el Pacto por México ofrecía un programa concreto, un paquete claro de cambios que llamaban a la definición, el Frente ofrece lugares comunes y vaguedades. Se refugian en la cantaleta del cambio de régimen porque no pueden coincidir en lo sustantivo. Han idealizado las maravillas del gobierno de coalición porque no logran aclarar coalición para qué.

La mayor desgracia del Frente es la anulación del PAN como institución democrática de la República. Acción Nacional vive hoy bajo una dictadura. Uso la palabra estrictamente. Los derechos de los panistas han quedado suspendidos porque se ha declarado una emergencia que otorga plenos poderes al dirigente. La soviética votación del sábado pasado quedará como una mancha en su historia.

El convenio del Frente significa la suspensión de su democracia interior. El único partido que era capaz de sostener el debate y la competencia ha sido sacrificado para servir a las ambiciones de un dictador sin oponentes. El ideario del PAN fue arrojado ya al cesto de la basura. Los orgullos del PAN parecen hoy una vergüenza.

Es grotesco pero cierto: la suerte de ese partido cuelga de Dante Delgado y de Alejandra Barrales. Se decidirá en algún restorán, no en los órganos del partido. Y el elocuente dueño del PAN, experto en el cortejo y en la traición, puede terminar siendo quien apostó todo para ganar nada.



http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/



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