30/11/2017

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De política y cosas peores

Las artesanías


Catón

El erotismo, entre otras cosas, hace que los humanos seamos más interesantes que otros animales. Entre ellos, sin embargo, también arde la llama de “L’amor che muove il sole e l’altre stelle” que dijo Dante. En el huerto se encendían las tenues luces con que los cocuyos llaman al amor. Un cocuyito fue hacia la hembrita y realizó con ella el acto que sirve -trampa sabrosísima- para perpetuar la vida. En ese preciso instante estalló un rayo. El cielo todo se llenó con el fulgurante resplandor de la centella, y los ámbitos se estremecieron con el fragor horrísono del trueno. “¡Caramba! -le dijo llena de admiración la hembrita al cocuyo-. ¡Sí que venías caliente!”… En la mesa del elegante restorán se hallaban una guapa mujer y un hombre que se cubría la cabeza con una bolsa de papel de estraza a la que había hecho dos agujeros para poder ver. Se quejó con molestia la mujer: “Por eso no me gusta salir con hombres casados”… Llega el viajero a Zapotlanejo, llamado de los Tecuexes por sus primeros habitantes aborígenes, y en ese antiguo poblado jalisciense, que conserva la memoria de las batallas que en la región se han combatido, sus pasos lo llevan a un sitio que el caminante registra como parte de lo más tradicional que ha visto en sus andanzas por la vasta geografía de México. Hablo de la sastrería de don Ramiro Gutiérrez Dávalos, mexicanísimo establecimiento que se encuentra en la calle Independencia, a unos pasos de la plaza principal. Ahí se miran prendas de elegante factura y distinción para uso lo mismo en la charrería que en las fiestas y trabajos del campo: chamarras camperas, pantalones de caporal, camisas vaqueras con botones labrados en hueso, moños charros y un largo etcétera de cosas que pertenecen al auténtico modo de ser y de vivir de nuestros charros y nuestra gente campirana. Hay en México especies en vías de extinción cuya pérdida, por paulatina, no advertimos: las artesanías. Van desapareciendo inexorablemente los entrañables artesanos de antes. En muchos casos su sabiduría y sensibilidad pasan a la generación siguiente, pero con más frecuencia cada día se imponen los usos y exigencias de la modernidad, y los hijos y nietos de alfareros, tejedores, vidrieros, ebanistas, lauderos, orfebres, forjadores, no siguen el oficio de sus mayores, y así se van perdiendo esos nobles menesteres que forman parte valiosísima de nuestro patrimonio cultural. Debemos aplaudir entonces (y con ambas manos para mayor efecto) el tesón con que mexicanos como don Ramiro conservan esas cosas tan nuestras, y el amor que ponen en hacerlas y difundirlas para que no se pierdan. Por nuestra parte haríamos bien en adornar nuestra casa o departamento con las bellísimas artesanías de México, que los extranjeros suelen apreciar más que nosotros. De esa manera ayudaríamos a la preservación de una riqueza que figura entre las más importantes de nuestro país… Florilí era una ingenua chica que poco o nada sabía de la vida. Un galán de apellido Pitonier la invitó a salir una noche. A la mamá de Florilí la puso en guardia el apelativo del sujeto, de modo que amonestó a su hija: “Cuida que las cosas no pasen a mayores”. Sus recelos no eran infundados. El tal Pitonier llevó en su coche a la muchacha al solitario paraje llamado El Ensalivadero, y ahí empezó a ponerle mano. Manos, más bien, pues en el toqueteo utilizó las dos. Ella en principio adoptó una actitud que bien podría inscribirse en el liberalismo económico, pues dejó hacer, dejó pasar, pero a poco no pudo menos que notar una evidente conmoción en su ignífero cortejador. “Mejor llévame a mi casa -le pidió asustada-. Mi mamá me dijo que no dejara que las cosas llegaran a mayores, y veo que ya están creciendo”… FIN.



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