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De política y cosas peores

Ignorancia universal


Catón

“Soy lesbiana”. Ese anuncio le hizo una linda muchacha a su papá. “Díselo a tu madre -respondió él sin levantar la vista de su tablet-. Entiendo que ésas son cosas de mujeres”... A principios del pasado diciembre naufragó el barco en que iban don Chinguetas y doña Macalota. Por milagro llegaron los esposos a una isla desierta tan pequeña que ni siquiera figuraba en las cartas de navegación. “Estamos perdidos -gimió, desolada, doña Macalota-. Nadie podrá hallarnos aquí”. “No desesperes -la tranquilizó don Chinguetas-. Tu mamá dijo que vendría a pasar con nosotros la Navidad, el Año Nuevo, el 6 de Reyes, el 2 de la Candelaria, el 14 de febrero y la Semana Santa. Seguramente ella nos encontrará”... Simpliciano, joven varón con poca ciencia de la vida, casó con Pirulina, sabidora fémina. Al mes del desposorio le preguntó, solemne: “¿Cuántos hombres ha habido en tu vida?”. “Déjame ver -ponderó ella-. Telémaco. Avelino. Desiderio. Malco. Venerino. Teofrasto. Zósimo. Wenceslao. Luego me casé contigo. Y siguieron después Cirino, Domiciano, Leovigildo, Tario, Críspulo”... Mi tesoro mayor es la ignorancia. Me ha salvado de muchas tentaciones y me ha puesto al amparo de peligros graves. No conozco palabras más humildes que estas dos: “No sé”. Desgraciadamente rara vez se escuchan. Pequeñas son, y sin embargo sólo las aprendes cuando los años te han quitado la soberbia de la carne y esa otra vanidad mayor, la del espíritu. Sólo entonces puedes articular con relativa facilidad esas palabras que antes no eras capaz de de pronunciar: “No sé”. Mi ignorancia es universal, enciclopédica. Con ella se podría llenar la infinitud del universo. Y sin embargo me ayuda a sostener una conversación, pues si solamente habláramos de lo que conocemos reinaría en los cafés, en las reuniones sociales, en las juntas académicas y en los parlamentos de las naciones un absoluto silencio. Se oiría nada más la música de las esferas de que habló Pitágoras. Por mi parte hago mías las palabras de Ramón: “A medida que vivo ignoro más las cosas; / no sé ni por qué encantan las hembras y las rosas”. Tampoco sé, entre otras muchas materias, de mecánica cuántica; de astrofísica; de radiometría; de ingeniería genética; de ciencia cognitiva y de inteligencia artificial. Pues bien: lo mismo que yo sé de inteligencia artificial, de ciencia cognitiva, de ingeniería genética, de radiometría, de astrofísica y de mecánica cuántica, sabe Alfonso Durazo de temas de seguridad. No cabe duda: AMLO no funcionaría como encargado del casting de una película ni como jefe de recursos humanos de una empresa... Don Minucio sufría amargas penas por la reducida dimensión de su atributo varonil, cuya extremada brevedad no sólo le atraía insolentes cuchufletas en las regaderas y baño de vapor del Country Club, sino que también era causa de comentarios de su esposa en los cuales faltaba por completo la caridad cristiana. El lacerado señor oyó hablar de un brujo que elaboraba cierta conmixtión a base de polvos de cantárida, colofonia, precipitado mercurial y lanolina, el cual ungüento tenía la virtud de acrecer la dimensión del órgano que no es Wurlitzer ni Hammond. La tal pomada resultó efectiva. Tan pronto don Minucio se la aplicó en la consabida parte ésta empezó a crecer en forma tal que pegó en el techo de la habitación. “¡Santo cielo!” -exclamó la esposa de don Minucio. Salió corriendo y regresó con un hacha. “¿Qué haces, mujer?” -exclamó lleno de espanto don Minucio-. ¿Acaso me la vas a cortar?”. “Lejos de mí tan temeraria idea -replicó la señora-. Voy a abrir un agujero en el techo para que crezca todo lo que le dé la gana”... FIN.



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