08/01/2018

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Columna Huésped

Cállate y teje


Jesús Silva-Herzog Márquez

En buen momento se han publicado las dos conferencias de Mary Beard sobre la voz pública de las mujeres. La estudiosa del mundo clásico ha reunido dos charlas en un elocuente manifiesto (Women & Power, Liveright Publishing Corporation, 2017). Con su fresca erudición rastrea el origen y los alcances de nuestra misoginia.

En La Odisea hay un pasaje que captura nítidamente la cancelación de la voz femenina. En el primer libro, Penélope desciende de su habitación para encontrar una multitud de pretendientes. Un hombre canta a la tristeza de la guerra y ella le pide, frente a todos, que cante algo más alegre. Telémaco, su hijo, interviene para callar a su madre. Vete a tu habitación y dedícate a lo tuyo, al telar y a la rueca. Ordena que las esclavas se ocupen de lo propio. La palabra es cosa de hombres, de todos, pero aquí es sobre todo mía, porque es mío el poder de este palacio. Un adolescente calla a su madre. Ella cumple la orden y en silencio se retira.

Mary Beard se detiene en la expresión que usa Telémaco para silenciar a su madre. Al decir que la palabra es asunto masculino emplea el término muthos. Lo que describe el término es un tipo de expresión pública cargada de autoridad. Un discurso sobre los asuntos comunes que merece ser escuchado por otros. Al tapar la boca de su madre, Telémaco cancela la voz pública de las mujeres. Si ellas pueden hilar oraciones ha de ser para la vida íntima, para la familia. Podrán pronunciar palabras para arrullar a un niño, podrán hablar para enamorar a un hombre, podrán chismear, pero nunca intervenir en el ágora.

La propia historiadora ha contado que pasó muchas veces por el pasaje del muchacho callando groseramente a su madre, sin reparar en el significado de esa intervención. Más de veinte años leyendo el libro sin percatarse del simbolismo de esa terrible orden. Al preparar sus cursos, releía la Odisea sin hacer pausa en el fragmento. Para ella misma la anulación había sido imperceptible. Finalmente se detuvo en el episodio y se dio cuenta de que se trataba, ni más ni menos que de un momento fundacional para Occidente. Es en esa pieza seminal de nuestra literatura que se declara como masculino el discurso público y se decreta el silencio de la mitad del género humano. Ahí mismo se define como un deber del hombre el cuidar que las mujeres no invadan esa esfera. Para ser hombre, callar a la mujer.

La primera conferencia de Beard fue traducida en 2014 por Letras libres. Ahí puede conocerse la fantasía de un orador romano que en el segundo siglo después de Cristo llamaba a sus oyentes a imaginar una epidemia que sojuzgara de pronto a todo un pueblo. Los hombres y aún los niños súbitamente perderían el vigor de la voz y hablarían como mujeres. Ingobernable sería esa ciudad de timbre agudo. ¿Habría plaga más terrible que esa?, preguntaba a sus oyentes. Sin duda correrían todos los hombres a buscar el auxilio de los dioses y estarían dispuestos a cualquier sacrificio con tal de recuperar el tono de su voz. No bromeaba, concluye Beard. Su alegoría repetía el temor que provoca la otra voz.

No son escasos los testimonios de la literatura clásica que asocian la autoridad con la gravedad de la voz masculina. Durante milenios hemos cultivado en nuestro oído una perversa sensibilidad: escuchar el rugido del león como portador de sabiduría y valor. Descartar la voz aguda como timbre de cobardía, demencia, fragilidad. Llevamos un par de milenios, sugiere Beard, escuchando en la voz de las mujeres una frecuencia peligrosa para la salud del Estado. Una voz que no merece oído.

En su acercamiento al mundo clásico, Mary Beard no ha prestado atención particular a la condición de la mujer. Difícilmente podría decirse que es una historiadora feminista. Más que el enfoque de género, lo que ha caracterizado su lectura de la historia es la condición de los comunes: ¿qué hacía reír a los romanos? ¿quienes colocaban las sillas y llevaban los refrescos al circo? ¿cuáles eran los hábitos de higiene en Pompeya?

Al intervenir en la conversación pública a través de los medios, fue percatándose de la violencia con la que eran recibidas sus reflexiones. Sus críticos no argumentaban discrepancias sino daban rienda suelta al prejuicio y al odio. Al burlarse de su apariencia, al amenazarla de la manera más grotesca, le gritan como Telémaco a su madre: cállate la boca y dedícate a tejer. Ella no ha cerrado la boca. Lejos de tomar el estambre, habla, argumenta, discute y exhibe sus odiadores. Sugiere, además, que la mujer debe rehusarse a impostar la voz para transformar la idea misma del poder. Si la mujer ha sido excluida del poder, le corresponde, más que conquistarlo, rehacerlo.




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