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De política y cosas peores

Ha vuelto la realidad


Catón

La realidad tiene un defecto: es demasiado real. Decimos afrontar la realidad igual que decimos afrontar un riesgo. Acabada la temporada de las fiestas no nos queda más que regresar a ese inhospitalario territorio, el de lo real, que por algunos días pusimos entre paréntesis. Este año la realidad se nos presentará en la figura de una mujer obesa, estrepitosamente maquillada, cubierta de falsa pedrería y vociferante: la política. Nos acosará de día y de noche con sus pregones mentirosos y sus promesas incumplidas. Imposible será escapar de ella. En todas partes la hallaremos; nos infligirá en cada esquina sus mensajes. A eso llaman democracia. Mejor sería decir mercado. Los partidos nos venden sus productos, y los ciudadanos debemos pagar su propaganda y el altísimo costo que representa organizar esa mercadería y dirimir los conflictos que por ella se suscitan entre los mercaderes. Muy cara nos resulta, en efecto, la política. Somos un país pobre con partidos inmensamente ricos. Durante mucho tiempo sufrimos un único partido; ahora padecemos una docena, más los que se acumulen la próxima semana. Ganas dan de caer en la tentación del nihilismo; de mandarlo todo al diablo y encerrarse en una torre, si no de marfil -esas ebúrneas torres son sólo para los políticos- al menos de adobe. Y sin embargo la corrección política nos obliga a predicar la participación de todos en las jornadas cívicas, que así se nombran los días de elección, y a exhortar a la ciudadanía a emitir su voto, aunque no sea más que para seguir igual. Que este 2018 nos sea leve. Y perdonen mis cuatro lectores esta desoladora perorata. Es efecto de la vuelta a la realidad... Don Cucufate, señor entrado en años, y soltero, cortejaba con asiduidad a la señorita Himenia, célibe como él y también de edad madura. A ella no le atraía el galán, pues no tenía medios, y menos aún enteros. Eso suscitaba recelos en la dama: pensaba que a su pretendiente lo movía el interés, y sobre todo el capital. Don Cucufate recurría a todo para conquistar a la señorita Himenia. En tono altílocuo le juraba amor eterno: ¡Si no me da usted por lo menos su corazón prefiero mil veces trocir!. Eso de trocir era estudiado término para decir morir. La noche del sábado el añoso señor llegaba al pie del balcón de su dama y la obsequiaba con una sentida serenata. En su mandolina interpretaba antiguas piezas como Dolce colloquio, de Golinelli, y a sus acordes entonaba romanzas de rendido amor, como Caro mio ben, de Giordani. La esquiva dulcinea no asomaba a la reja, y ni siquiera encendía la luz de su aposento para dar a entender al trovador que había oído sus madrigales. Entonces don Cucufate cantaba con lacrimoso acento Vorrei morire, de Tosti y luego se iba con todo y mandolina a la taberna llamada Mi Despacho, donde bebía horribles changuirongos para aliviar su pena. Tanto porfió, sin embargo, que se cumplió el plebeo refrán que dice: La mujer y la gata, de quien la trata. Una noche la señorita Himenia le abrió por fin la puerta de su hogar después de una de esas serenatas. ¡Vida mía! -exclamó lleno de emoción don Cucufate-. ¡Si me veo a solas con usted no respondo!. Ella le ofreció una copita de vermú. ¡Mi cielo! -profirió él-. ¡Si me bebo esta copa no respondo!. La otoñal doncella se sentó en la otomana al lado de don Cucufate. ¡Ángel de mi corazón! -declamó el galán-. ¡Si está usted cerca de mí no respondo!. Decidida ya a entregar su corazón y partes adyacentes, la señorita Himenia condujo a su pretendiente a la recámara. Y ahí don Cucufate cumplió al pie de la letra su promesa: no respondió... FIN.




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