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De política y cosas peores

Está cerca Trujano


Catón

Yo vivo de las palabras. De las que hablo y de las que escribo. Son cosa importante, entonces, para mí. Y no sólo para mí, sino para todos, excepción hecha de los monjes cartujos, que hacen voto permanente de silencio. (“Hay gente pa’ tó”, decía Cagancho, el célebre torero). Conozco palabras sabrosas, muy sabrosas, y conozco también palabras sabrosonas, las cuales son más sabrosas aún. Por ejemplo, la palabra “sicalipsis”. ¡Qué lindo terminajo! Es voz relativamente nueva -apenas irá a cumplir 100 años-, y por tanto Cervantes no la conoció, ni don Benito Pérez Galdós. Nació en los años veinte del pasado siglo, ideada por unos revisteros españoles que sacaron a la luz un semanario porno -hasta donde las circunstancias lo permitían- al que aplicaron el adjetivo “sicalíptico”, inventado por ellos. Deben haber sido culteranos los tales editores, pues crearon la palabra sacándola de dos voquibles griegos: ‘síkon’, que quiere decir higo, y ‘aleipsis’, que significa frotar. Por eso digo que la palabra “sicalipsis” es, a más de sugestiva, sabrosona. Pues bien: mi artículo de hoy es sicalíptico, o sea que contiene malicia, picardía sexual. No deberían leerla los aquejados por ese mal del alma llamado los escrúpulos, que tanto aburre a los confesores y tanto daña a quienes los padecen. Una linda chica le dijo a su ardiente galán: “No debo hacer eso que me pides. Tengo escrúpulos”. Respondió él: “No importa. Estoy vacunado”. Mi historia de hoy, como anuncié ut supra, trata de cosas de la carne. No de la que se come, sino de aquella que la Iglesia considera enemiga del alma. Esto quiere decir que el cuento trata de mujeres. ¿Habrá alguna historia, grande o pequeña, que no trate de una mujer, sea Cleopatra o Juanita Pérez? Las mujeres son las protagonistas de la vida; las protagonistas de todas las vidas, al menos de la mía, pues sin mujer, igual que el poeta de Jerez, no atino ni en lo pequeño ni en lo grande. La narración tiene lugar en Oaxaca. Ciudad más bella que ésa será difícil encontrar. Si algún malhadado día -¡no lo permita Dios!- tuviera yo que salir de Saltillo, me iría a vivir ahí. En Oaxaca la zona de tolerancia se hallaba en la calle Trujano. Pobre de don Valerio, guerrillero insurgente en cuyo honor esa rúa fue bautizada. Los varones oaxaqueños decían: “Vamos a Trujano”, y eso era lo mismo que decir en Saltillo: “Vamos a Terán”. Significaba ir a la zona de tolerancia. Un cierto señor de Oaxaca, hombre avaro y cicatero, debía llevar una carga de maíz a una tienda del centro de la ciudad. A fin de no gastar en cargadores pidió ayuda a dos sobrinos suyos, fornidos mozos de recios lomos y membrudos brazos. Ellos subieron al carretón los pesados bultos y luego los descargaron en el lugar de su destino. Terminaron ya tarde la tarea. Los había visto trabajar el tío desde el pescante de su carromato, fumando o dormitando, y cuando los muchachos acabaron la tarea los invitó a subir para llevarlos a su casa. La noche era cálida, y de luna. Los sanos cuerpos de los mozos les pedían una cerveza y algo de más sustancia y entidad. Esperaban alguna invitación de su tío a modo de recompensa por el duro trabajo que habían hecho sin cobrarle nada. Pero el hombre no daba trazas de hacer la invitación. Mohínos iban, pues, los dos muchachos; en silencio. Pasaron cerca de la calle de Trujano, donde, como ya dije, estaba la zona colorada. “Tío -se atrevió a sugerir uno cautelosamente-. Está cerca Trujano”. Replicó el avaro con hosca y dura voz: “Más cerca está la mano”. Y dándole con el látigo a la mula se alejó presuroso de aquel lugar pecaminoso cuya visita, por causa de la sed y los rijos de sus sobrinos, le habría salido más cara que el pago de los cargadores... FIN.



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