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¿Torquemadas?


Denise Dresser

Sé que soy feminista. Sé que apoyo la definición fundacional de feminismo, aquella que concibe a la mujer como un ser humano con derechos idénticos a los del hombre parado a su lado.

Lo que ya no puedo percibir con claridad es si soy una feminista “buena” o “mala”; si merezco ser aplaudida por mi purismo o quemada viva por mi escepticismo. Porque hoy me encuentro parada en esa franja gris, esa zona agreste, esa tierra de nadie disputada por dos bandos en contienda.

Me incomoda la actitud trivializadora del desplegado que firmaron las francesas, criticando al movimiento #MeToo; su lenguaje me parece insensible, reduccionista. Pero también me perturba el puritanismo y los excesos de #MeToo, animado a momentos por lo que parece un espíritu revanchista, misantrópico. Unas parecen dispuestas a perdonarlo todo; otras parecen empeñadas en criminalizarlo todo. Unas minimizan el acoso; otras lo exageran. Y así todas perdemos.

No asumo esta postura liosa desde la barrera, presenciando la corrida, como simple espectadora. He sentido la humillación de una mano masculina apretando mi trasero en una fiesta y el temor de viajar en Metro por la noche -como universitaria- en un vagón lleno de muchachos ebrios, agresivos, amenazantes. Pero también he visto con vergüenza cómo mujeres que encabezaban la marcha #MiPrimerAcoso expulsaron a hombres solidarios que querían acompañarlas. He tenido el privilegio de ser amiga de Marta Lamas, impulsora de la despenalización del aborto; una iniciativa convertida en ley que todos los días salva vidas. Y he lamentado su crucifixión en los últimos días por argumentar que las francesas quizás tienen algo de razón.

Como en todo, suele haber dos versiones y la verdad. La verdad de que el movimiento #MeToo ha ido demasiado lejos y no lo suficientemente lejos, como escribe Laura Kipnis. Demasiado lejos al exigir el encarcelamiento de taxistas por gritar “guapa”. Demasiado lejos al exhibir cualquier acercamiento erótico o sexual por parte de un hombre como una prueba de acoso. Demasiado lejos al convertir a todas las mujeres en todos los contextos en todos los países en víctimas, objetos en vez de sujetos, incapaces de agencia o voluntad o decisión.

De pronto surgen las Torquemadas enfurecidas, cargando con el peso de injusticias milenarias, extendiendo el dedo flamígero, enviando a compañeros de viaje como el periodista Jenaro Villamil a la hoguera. No podemos negarlo; muchas hemos caído en la propensión a la purga, a la evisceración estalinista. Mueran los hombres. Los cerdos al matadero. Hagamos listas de malos y exhibámoslos.

Pero entonces acabamos inaugurando la Íntima Inquisición donde los resentimientos llevan a los linchamientos, la oprimida se vuelve la opresora, la víctima se convierte en verdugo. La corte de la opinión pública se erige en la única forma de justicia disponible. Y ese es precisamente el punto.

El movimiento #MeToo emerge ante sistemas legales rotos, ante códigos culturales atávicos, ante conductas que debieron haber sido sancionadas. Ahí reside su valor. Ahí debe centrar su atención: dónde trazar las nuevas líneas que los hombres no deben cruzar, qué conductas pueden ser ignoradas, cuáles deben ser judicialmente procesadas. Porque sí hay una diferencia entre un hombre acosador y un hombre estúpido o vulgar. Sí hay una diferencia entre alguien que trata de besarte en un bar y alguien que intenta hacerlo en una oficina, y además es tu jefe.

No se trata de pelearnos entre nosotras, sino de debatir cuáles son nuestros derechos protegidos por la ley y socialmente avalados. Derechos que quizás muchas francesas sienten que poseen, pero que en México y muchos otros países son un anhelo, no una realidad. El derecho a que nuestros cuerpos no sean tratados como moneda de cambio para permanecer en un puesto. El derecho a decidir sobre el embarazo, como parte de la igualdad cívica. El derecho a un sueldo equitativo por un trabajo equitativo, porque a la actriz Michelle Williams le pagaron mil dólares por filmar el mismo número de escenas que a Mark Wahlberg, a quien le pagaron $1.5 millones.

Como advierte Margaret Atwood, a los únicos a quienes les conviene una guerra entre mujeres es a quienes libran una guerra contra las mujeres.

A exigir un lugar en la mesa entonces, juntas. Porque si no estamos ahí, unidas, nuestros derechos seguirán fuera del menú.



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