16/01/2018

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De política y cosas peores

El tío Felipe


Catón


“Déjame decirte algo, Armando, que de seguro no habrá de sorprenderte. Papá Chema, mi abuelo y bisabuelo tuyo, era machista. Todos los hombres de su tiempo lo eran, tanto que ni siquiera se usaba el calificativo. Desde luego nuestro ancestro no fue el primer machista que hubo. El primero fue Dios, dicho sea sin ofender. Decimos “Dios Nuestro Señor”, y no “Diosa Nuestra Señora”. Decimos: “Padre nuestro”, y no “Madre nuestra”. Según el relato de la Biblia -libro machista de principio a fin- el Creador hizo primero al hombre, y luego, para conveniencia del varón, de una de las costillas del hombre hizo a la mujer. Por causa de ella, dice el Génesis, se perdió el género humano. Hasta la fecha Eva carga esa culpa, y carga también la maldición que le asestó Jehová: “Tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti”. Desde siempre las religiones han visto con recelo a la mujer. Algunas la cubren con velos de la cabeza a los pies; otras la relegan en los sitios de culto, y casi todas -la católica entre ellas- le niegan la posibilidad de desempeñar los oficios y dignidades principales de la jerarquía eclesial. Como católicos, sobrino, hemos de reconocer que nuestra iglesia es ejemplo de machismo. Venera a la madre de Jesús, es cierto -María es tesoro inefable de su tradición-, y sin embargo su altísima dignidad de mujer no se condice con el trato que el catolicismo da a las mujeres, a quienes niega el acceso a funciones que sólo el varón puede realizar. Pero estoy divagando, Armando. Vuelvo a papá Chema. Tú eras muy niño cuando falleció. Me has dicho que lo recuerdas como en un sueño. Entonces lo recuerdas mejor que yo, que lo conocí y traté. La realidad es más engañosa que los sueños. Papá Chema era carpintero, ya lo sabes, pero estaba muy lejos de tener la castidad y mansedumbre de San José. A fin de ser feliz, aseguraba, el hombre debe seguir determinados pasos que él mismo enumeraba: ‘Beber sin emborracharse. / Amar sin sufrir pasión. / Comer sin indigestarse. / Con nadie nunca pelearse. / Y a veces desbalagarse, / pero con gran discreción / y sin desacreditarse’. Tendría yo 16 años, o 17 a lo más, cuando me dio un consejo: ‘Hijito: a todas las mujeres que conozcas galantéalas. Si de cada 10 una responde a tus galanterías habrás hecho una magnífica inversión. Y las otras nueve te agradecerán que las hayas galanteado”. Machismo, machismo puro, ya lo sé. Pero eran los tiempos en que aún no había feminismo. Ahora la mujer se ha liberado, motivo por el cual tiene que trabajar el doble de lo que trabajaban su mamá y su abuela. Las mujeres quieres ser iguales a los hombres, lo cual demuestra la pobreza de sus aspiraciones. Eso ha modificado el trato entre el hombre y la mujer. Decía un señor: ‘Desque mi mujer trabaja, de pendejo no me baja’. Yo soy vehemente adorador de la mujer, pero me irritan algunas exageraciones de las feministas. Cierto día, en Nueva York, detuve la puerta de una tienda para que pasara una mujer. ¿Qué crees? En vez de decirme: ‘Thank you’ me dijo: ‘Fuck you’, que es algo bien distinto. Ya no puedes decirle un piropo a una mujer, pues es capaz de denunciarte por acoso sexual. Desde luego hay de piropos a piropos. No es lo mismo decirle a una chica a la que cortejas caballerosamente: ‘¡Quién pudiera besarte donde dices ‘enemigos’!’ (esa palabra, ‘enemigos’, es la que dice cuando al persignarse lleva sus dedos a los labios) que decirle a una fémina de buena grupa y ondulantes movimientos: ‘No mueva tanto la cuna, porque me despierta el niño’. Eso no es piropo, es ordinariez. No caigamos, ni hombres ni mujeres, en machismo violento o rabioso feminismo. Disfrutemos nuestras diferencias, y aquí paz y después -si nos entendemos- gloria”... FIN.




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