18/02/2018

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PRO Inclusión

‘Humano friendly’


Martha Luján



Conozco pocas personas que sin vivir una discapacidad o estar cerca de ella, cuestionan la accesibilidad física de los espacios. Pareciera que sólo quienes viven dificultades específicas de movimiento, visuales o auditivas, etc., y sus familias, tienen la capacidad de reconocer todas las barreras de diseño arquitectónico para la movilidad como las que representan, por ejemplo, los escalones, las puertas angostas o los espacios reducidos.

Mucho se ha hablado de los espacios públicos inaccesibles, de las calles sin banquetas o sin cordones guías para uso de bastón, de la falta de espacios de estacionamiento azules o de la necesidad de elevadores. Me parece que estamos casi siempre de acuerdo en que las ciudades son generalmente intransitables e incapaces de ofrecer acceso libre y universal para todas las personas.

Estamos de acuerdo -supongo– en que eso no está bien y que no tendríamos que esperar a tener un hijo, una madre, un hermano o una esposa con discapacidad, y usuaria de silla de ruedas, para ver, por ejemplo, que nuestras ciudades cuentan con menos rampas de las que debería tener. No tendríamos que contar con una discapacidad temporal o permanente para convertirnos en defensores de las banquetas o promotores de los elevadores. No deberíamos esperar a tener dificultades de movimiento por la edad, para reconocer lo grave que es no poder movernos de manera libre y segura en el espacio público.

Pero esta semana no pienso sólo reflexionar en el hecho de lo mucho que nos falta por hacer para que lo público sea realmente de todos. Esta semana quiero hablar también de cuando lo “nuestro”, lo “privado”, se vuelve violento para los de cerca o para los de lejos quienes un día tienen a bien visitarnos.

Para muestra mi botón: esta semana mi amigo Isaías y su amigo Alexis vinieron a mi casa. Alexis es desde hace pocos años usuario de silla de ruedas. Aunque yo vivo en una casa “accesible” con rampa, por un descuido “espantoso” de mi parte, fue imposible para ellos llegar al segundo piso debido a que la rampa tiene muchos años sin usarse y la acumulación de hojas y humedad hacía que las llantas de la silla de Alexis resbalaran. Entonces, mis queridos invitados tuvieron que conformarse con llegar apenas al primer piso.

Ni ellos ni yo pudimos explicar la horrenda sensación de no poder subir y llegar a donde hubiésemos llegado si los espacios fueran accesibles para todos. Nótese que no dije: “a dónde hubiéramos llegado si todos pudiésemos caminar” y no lo digo así porque si caminamos o no caminamos, nunca debería ser la condición para llegar a todos lados. La única condición para llegar a alguna parte, debería de ser querer llegar ahí y punto.

¿Mi moraleja de esta experiencia? Aunque la rampa está dentro de mi espacio privado, aunque en este momento no sea yo o alguien de mi familia quien necesite subir al segundo piso de esta manera, la rampa debe estar siempre disponible. Aunque el árbol tire hojas o aunque esté húmedo el ambiente.

Espero logremos dejar de pensar que movernos, acondicionar o construir accesibilidad dentro de nuestros hogares es un tema sólo de familias que viven cerca de la discapacidad y que veamos el hecho de acondicionar nuestros hogares con un tema también de comunidad. No debería de ser por “los cercanos” (mi hijo, mi padre, mi amigo) que se requieren y justifican las adecuaciones específicas en las casas. Debería de ser necesario reconocer que quitar escalones, poner rampas y abrir puertas es fundamental para poder co-habitar y co-existir en nuestras pequeñas comunidades intra-familiares. Teniendo más hogares accesibles, tendremos más familias friendly para visitar, más amigos friendly que pueden acogernos y sentiremos el mundo más amable para todos. Hagamos un mundo friendly para todas las personas.

#humanfriendly #accesibilidadtotal #accesibilidaduniversal




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