26/02/2018

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PRO Inclusión

Los otros desaparecidos


Martha Luján

¿Qué creen que nos dijo la directora de la escuela de educación especial de mi hijo? Nos preguntó hace poco la mamá de un chico con discapacidad “Si tu hijo sigue portándose así, teniendo crisis de conducta, rompiendo el material de salón y molestando a sus compañeros, no tendremos mas remedio que .. tarararaaaaán... graduarlo en julio”.

Solté la carcajada. Tenia que ser un mal chiste. Sólo yo reí. Estaba, esa mañana, al lado de muchas otras madres que desde sus frías miradas me reflejaron algo que yo no entendí de inmediato. La maestra increíblemente, amenazó con usar una nueva arma para aniquilar al chico de la escuela: su diploma. No era una broma. Cuando lo entendí, me partió el corazón en dos.

Si un niño o joven pide ayuda -ya sea con gritos, manotazos, mordidas o de alguna forma no convencional-, el sistema permite a los adultos (profesionales, familias o maestros) responderle dándole la espalda. Cuando un pequeño nos grita y pega pidiéndonos una mano, nosotros podemos terminar dándole un puntapié. !Felicidades, te gradúas en julio!, le decimos.

Así, “imposible de entender”, es como están muchas veces las cosas dentro de las aulas, no sólo de las especiales, sino de casi todas. Poco importa si son escuelas públicas o privadas, si tienen equipo integrador o no. Casi para ningún chico o chica con discapacidad la escuela es lo que debería de ser. Un espacio para encontrarte, empoderarte y desarrollar habilidades útiles para la vida. Un espacio para convertirte en un humano activo, independiente y democrático.

Ahora caigo en la cuenta que en esta columna he hablado mucho de lo difícil que es entrar a las escuelas cuando llegamos con un niño con discapacidad a la puerta. De como nos mandan a las aulas especiales para niños “como los nuestros” sin darles casi nunca la oportunidad de incorporarse a las aulas generales. Poco he hablado sobre lo difícil que también puede ser permanecer en esos salones específicos cuando todo y todos pareciera que no quieren, aceptan o están dispuestos a que nuestros hijos gocen del derecho constitucional a la educación.

Si tu hijo tiene problemas de conducta severa, autismo clásico, sordoceguera, parálisis cerebral profunda o cualquiera otra etiqueta que grite “requiere esfuerzo”, no nos quieren en las aulas. En ningunas.

Nuestros hijos con discapacidad la pasan menos mal en los salones escolares (cualquiera de ellos) si saben quedarse sentados seis o siete horas seguidas, si se portan bien y son obedientes, si aprenden a buen ritmo. Si tienen mamás dóciles o padres pudientes. Si no es así, el sistema se empeña en mostrarnos los portones de salida.




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