26/02/2018

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Columna Huésped

Tecnología de la corrupción


Jesús Silva-Herzog Márquez

La corrupción huele. Apesta. Ataca a la nariz, no a la vista. Es una advertencia de que estamos ante lo podrido. La carne se descompone, se pudren las tripas. La corrupción es la confusión de lo que debía vivir separado: el músculo y el hueso, el gusano y la piel. La corrupción es una promiscua revoltura de lo público y lo privado; de la ambición y del deber. Suele por eso vincularse a una cordialidad que escapa de los requisitos de la ley. Frente a la impersonalidad de la norma, la intimidad de la mordida. Por eso pensamos en la corrupción como una astucia perversa, una habilidad para evadir el deber.

Valdría pensar ahora que la corrupción se ha convertido en tecnología. Conocimiento frío e impersonal que logra desentrañar los vericuetos de la norma para desactivar sus exigencias. Una pericia para cumplir la ley... y violarla.

Hemos cambiado mil leyes para permanecer en el mismo lugar. Hemos puesto mil barreras para que el abuso permanezca intacto. Podríamos sentirnos orgullosos de lo que dicen las leyes si la realidad nos fuera indiferente. A pesar de las tantas reglas, los muchos órganos y los enredados procedimientos, México sigue empeorando. Lo ha logrado porque ha desarrollado una compleja tecnología de la corrupción. No es picardía ni astucia, es estrategia, método, técnica. Ha sido exitosa: seguimos bajando en la escalera de la corrupción.

El estudio de Transparencia Internacional difundido recientemente nos da una cachetada con datos. Mientras otros suben, nosotros bajamos. De 180 países que son medidos, estamos en el lugar 135. De 100 puntos posibles, nosotros alcanzamos 29. ¡No llegamos siquiera a 3 de 10! Por supuesto, en este índice estamos en la cola de los miembros de la OCDE, en la cola de los países del G20, en la cola de los miembros de la Alianza del Pacífico. Pero no solamente en esa comparación ocupamos los peores lugares. Estamos muy por debajo de países con niveles de desarrollo similares al nuestro. En una región que no se destaca por un estricto régimen de Derecho, apenas estamos por arriba de cuatro países: Guatemala, Nicaragua, Haití y Venezuela.

A nadie, supongo, habrá sorprendido el reporte de Transparencia Internacional. Pocos asuntos generan tanto consenso como la percepción de que la trampa avanza, de que el poder público se emplea para beneficiar a quienes lo ocupan, que no hay piso parejo. El voto del 2018 será, antes que cualquier otra cosa, un voto sobre la corrupción. Una forma de protesta frente al soborno, la connivencia y el latrocinio.

La publicación del Índice de Percepción de Corrupción 2017 ha coincidido con las revisiones de la Auditoría Superior de la Federación que se difundieron recientemente. Las auditorías muestran la coronación de una tecnología, una compleja trama que permite cumplir ciertas reglas para evadir los controles de la propia ley.

La corrupción juega al billar. Hay que activar un complejo de instituciones y organismos para recibir los jugos de dinero público y escapar los controles de las reglas. No se trata ya de embucharse inmediatamente los recursos. Hay que pasearlos primero para luego recibir los beneficios. Fraude a la ley: violar el espíritu de la ley siendo (casi) escrupuloso con su cumplimiento.

Como bien dicen Marco Fernández y Noemí Herrera en un artículo publicado en animalpolitico, las nuevas revelaciones retratan los avances y los pendientes del sistema anticorrupción. Por una parte, la Auditoría Superior de la Federación ha podido aprovechar sus nuevas facultades para conocer y revelar los movimientos de las empresas disfrazan el abuso. Al mismo tiempo, seguimos desarmados porque la Fiscalía General de la Nación no termina de nacer, porque carecemos de un fiscal anticorrupción y porque siguen pendientes cambios jurídicos fundamentales. La perspectiva es preocupante: conocer de las maquinaciones y las trampas y contemplar la impunidad.

Y también recuerdo lo que dijo Raúl Cervantes, al renunciar a la Procuraduría General de la República: La PGR ha concluido las investigaciones sobre uno de los mayores esquemas de corrupción internacional que en América Latina y en México se hayan visto. El complejo esquema para corromper funcionarios, obtener contratos públicos de manera indebida y luego tratar de esconder el dinero mal habido en paraísos fiscales, puso a prueba nuestra determinación y a nuestras instituciones. (...) En los siguientes días se harán las imputaciones correspondientes ante el poder judicial federal. Eso fue el 16 de octubre del año pasado. Todavía no pasa nada.




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