11/03/2018

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De política y cosas peores

A dos de tres caídas


Catón

La señorita Nalgarina era dueña de un espléndido trasero. Describirlo en toda su magnífica opulencia ocuparía toda una página de este gran periódico. Más bien dos. Estaba consciente de lo que tenía -toda mujer conoce bien el arsenal de que dispone-, y sabía que sus dos hemisferios posteriores eran poderoso imán que atraía las miradas masculinas. Así, caminaba provocativamente. Para el buen padre Arsilio aquello era un problema, pues Nalgarina era la encargada de recoger las limosnas en la misa, y sus ondulaciones ponían tentación en los varones y enojo -y envidia- en las mujeres. Un día la llamó y le hizo una pregunta: “¿Vendes las pompas?”. “¡Claro que no, padre!” -exclamó Nalgarina con azoro. “Entonces, hija -la amonestó el sacerdote- no las anuncies tanto”... Un amigo de Babalucas le hizo notar: “Traes los zapatos al revés”. “¡Caramba! -se preocupó el badulque-. Tendré que cruzar las piernas”... Dos soldados se hallaban en el frente de batalla. Metidos en su trinchera afrontaban lo más recio del combate. Silbaban las balas sobre ellos, y a su alrededor caían bombas y granadas. Le preguntó uno al otro: “¿Por qué estás en el ejército?”. Respondió el otro: “Soy soltero, y me hacía falta un poco de guerra. ¿Y tú?”. Respondió el primero: “Soy casado, y me hacía falta un poco de paz”... Juanilito entró de pronto a la recámara de sus papás cuando estaban entregados al antiguo rito de perpetuar la vida. Se sorprendió al verlos así y les preguntó: “¿Qué hacen?”. El señor respondió con lo primero que se le ocurrió: “Tu mami y yo estamos jugando a la lucha libre”. Volvió a preguntar el pequeño: “¿A dos de tres caídas?”. Entonces la que contestó fue la señora. “No -dijo-. A una caída solamente. Tu papá no aguanta más”... Jactancio Elátez es un sujeto vanidoso, presumido, narcisista y egocéntrico. Cuando hace el amor, para excitarse cierra los ojos y piensa en él mismo... Los recién casados llegaron al hotel donde pasarían su noche de bodas. Les informó el encargado del registro: “Son mil pesos por cada uno”. Sin decir palabra el muchacho sacó tres billetes de mil y se los entregó. “Me refiero a cada uno de ustedes” -aclaró el empleado al tiempo que le devolvía un billete. Y añadió: “El botones los acompañará a su habitación”. Fue el muchacho con ellos, en efecto, y les llevó las maletas al cuarto. El novio entró en el baño. Cuando salió después de un rato el botones todavía estaba ahí. Le explicó su flamante mujercita: “Dice que si no le das propina se quedará a ver”... Don Chinguetas es somnílocuo. Eso quiere decir que habla en sueños. (Les comenta a sus amigos: “La única vez que mi mujer pone atención a lo que digo es cuando hablo dormido”). Una mañana doña Macalota, su esposa, le reclamó con acrimonia: “Toda la noche estuviste diciendo: ‘¡Lilibel! ¡Lilibel!’. ¿Quién es esa tal Lilibel?”. Farfulló, vacilante, don Chinguetas: “Es una yegua a la que le voy a apostar en el hipódromo”. Creyó haber salido del paso con esa explicación, pero cuando volvió a su casa por la noche se encontró con la novedad de que su mujer le había puesto sus cosas en la calle. Le dijo doña Macolota desde el balcón: “Tu yegua te habló por teléfono”... Bucolia, mujer del campo, le dijo a su marido Eglogio: “Le hice una promesa a la Virgen, y debo ir a su santuario a cumplirla”. En el camino al templo la mujer le preguntó a su esposo: “¿Por qué toda la gente se me queda viendo y luego se ríe?”. Contestó Eglogio: “Porque trai usté las naguas atoradas en los calzones, y se le mira todo”. Bucolia se azoró: “¿Y por qué no me lo dijo antes?”. Explicó Eglogio: “Pensé que esa era la promesa”... FIN.




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