19/03/2018

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Columna Huésped

La libertad del diablo


Jesús Silva-Herzog Márquez

No podemos verles el rostro. Todos los personajes que aparecen en la cinta tienen cubierta la cabeza con una malla tosca por la que apenas se asoman los ojos, la nariz y la boca. Sus testimonios -revulsivos y conmovedores- forman uno de los más terribles retratos del México de la barbarie. Son sicarios y víctimas en un coro de pánico y culpa, de odios y compasión. Un mosaico del desamparo. Los recuerdos son pesadillas, las heridas incurables. Las máscaras que resguardan la identidad de los personajes son iguales para todos. Torturadores y madres de desaparecidos, niñas y militares, asesinos y torturados, verdugos y huérfanos cubiertos por la misma máscara.

Un perverso equilibrio alterna los testimonios del horror. El uniforme del pasamontañas proyecta un mensaje escalofriante: en el país sin ley todos estamos atrapados en la misma red. Todos somos nadie. La mujer que acude a la policía para denunciar el robo de sus hijos no es escuchada por nadie. Un niño es convertido en instrumento de muerte. Si encuentra de pronto sentido a su vida es porque se descubre capaz de negarla a otros. Un militar teme ser usado como carne cañón por su superior y decide brincar a la otra orilla. El sicario advierte que su trabajo es no sentir.

Hablo de La libertad del diablo, el documental de Everardo González que se estrenó recientemente en los cines comerciales. La cinta en la que también participó Diego Enrique Osorno como guionista expone la profundidad de nuestra deshumanización.

Hemos arrancado la raíz de la empatía, hemos decidido ignorar el dolor de los otros, hemos cerrado los ojos a la barbarie que nos circunda. Nos hemos empeñado en cambiar de conversación. En una de las primeras escenas de la película, uno de los personajes recuerda el horror de un espectáculo infernal. Veo gente enloquecida, chispas de locura, de barbarie total... no puedo pensar en esas personas como mis iguales, en esas condiciones, en esos momentos; no puedo sentir una hermandad con ellos. Y sin embargo, seguimos siendo de la misma especie. La pantalla permanece oscura. Al clarear, en el desierto, un cuerpo abandonado con las manos atadas y una bolsa sobre la cabeza.

Las máscaras que se usan en la película se parecen a las protecciones que usan los quemados. Aquí son usadas también para proteger a los entrevistados. Preservada su identidad, pueden hablar con libertad, sin temer represalias.

Puede decirse que en la narración encubierta hay una dimensión terapéutica: desde un resguardo seguro, entrar en contacto con los recuerdos más terribles con la esperanza de liberarse de esa emoción que atrapa. Alguno de ellos se atreve por primera vez a narrar el infierno que sufrió siendo torturado. A nadie había podido contárselo. Solo ahora, sin cara, pudo permitirse el recuerdo.

La máscaras también tienen una dimensión teatral. Sirven, sin duda, de lupa. Los ojos lo son todo. Ahí está la tristeza, el rencor, la depravación. Hay miradas que se clavan en la cámara y otras que no resisten su atención. Hay ojos que miran al entrevistador y huyen, otros que no sueltan el hilo. Permeables, las máscaras ocultan los gestos, pero registran el paso de las lágrimas.

No todos los enmascarados hablan. Hay una mujer tendida en la cama que no dice nada. Un par de militares trepados en un jeep, un joven que se asoma por un balcón. No hablan y su silencio subraya el drama de la película. En el México de la barbarie no parece haber más que una alternativa: sufrir violencia o ejercerla. Esa mujer que vemos por unos instantes con el rostro cubierto, ¿es cómplice o víctima? ¿Qué destino le depara a ese niño con el rostro oculto? ¿Crecerá para convertirse en un secuestrador? ¿Sufrirá un secuestro?

Llama la atención que, en La libertad del diablo, víctimas y victimarios compartan envoltura y que ocupen, en la cinta, el mismo espacio. Podría alguien cuestionar la decisión de equipararlos, de sugerir una simetría entre el sufrimiento y la bestialidad. Sin embargo, es precisamente ahí donde reside el atrevimiento de la tesis: en el México sin ley, todos estamos atrapados en una telaraña de crueldad. Arañas o moscas. Nuestra barbarie es una hermandad en la desolación.

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/




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