23/03/2018

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De política y cosas peores

El porfiriato


Catón

Una atractiva mujer de bien formado cuerpo subió al atestado autobús. No encontró un asiento libre, de modo que se dirigió a un señor que iba sentado. “Perdone, caballero -le pidió-. ¿Sería usted tan amable de cederme su asiento? Estoy embarazada”. “¡Discúlpeme, señora! -exclamó apenado el señor al tiempo que se ponía en pie-. Es que no se le nota, y eso que soy médico. Permítame hacerle una pregunta: ¿cuánto tiempo tiene usted de embarazo?”. Respondió la mujer al tiempo que ocupaba el asiento: “Posiblemente una media hora, y vengo muy cansada”... “No puedo confiar en mi padre -se quejó con sus compañeros el muchacho que había llegado de otra ciudad a estudiar en la Universidad-. Le pedí que me enviara dinero para comprar una nueva laptop, y me mandó una nueva laptop”... La recién casada leía en voz alta una receta: “Tome los materiales y agítelos con suavidad hasta que alcancen el máximo grado de calor. El resto se hará solo”. “¡Mira! -le dijo muy contenta a su maridito-. ¡La misma receta puede servir también para otra cosa!”... Un comerciante le advirtió a otro: “Ten cuidado con Mercuriano. Sus cheques son buenos ciudadanos”. “No entiendo -se desconcertó el otro-. ¿Por qué dices que sus cheques son buenos ciudadanos?”. Precisó el comerciante: “Siempre botan”... Don Mininio, pacífico señor, caminaba por la calle cuando oyó un fuerte vocerío como de temor o alarma. Alguien le dijo apresuradamente que un loco furioso había escapado del manicomio. A la vuelta de una esquina don Mininio se topó de manos a boca con el orate. El alienado clavó en él una siniestra mirada que hizo que el asustado señor echara a correr a todo lo que daban sus piernas. El individuo empezó a perseguirlo. El infeliz señor apresuró su desatentada carrera. Todo inútil: el loco lo siguió con paso aún más veloz. Le pisaba ya los talones. Don Mininio, desesperado, se metió en un callejón. ¡Horror! ¡Era un callejón sin salida! El loco, viendo que su víctima no tenía escapatoria, se acercó a él paso a paso. El pobre señor, aterrorizado, de espaldas contra la pared, lo vio venir. Llegó el orate, le puso una mano en el hombro y le dijo con una sonrisa de triunfo: “Tú la traes”. (¡El tontiloco estaba jugando a la roña!)... Dígase lo que se diga, el porfiriato fue la última época de solidez económica en México. Nuestra moneda era firme; el peso mexicano era aceptado en todo el mundo por su valor intrínseco, y la población en general vivía bien, pese a la leyenda negra inventada por la historia oficial para deturpar a ese gran patriota que fue Porfirio Díaz. Madero mismo lo reconoció cuando dijo: “El pueblo de México no tiene hambre de pan: tiene hambre de libertad”. En gran parte esa bonanza se debió a que don Porfirio abrió las puertas a la inversión extranjera. ¿Nos vamos a oponer a ella en estos tiempos de globalización?... El pequeño hijo de don Poseidón, ranchero acomodado, le preguntó a su padre: “¿Por qué el gallo del corral canta tan temprano?”. Le explicó don Poseidón: “Porque más tarde se levantan las gallinas, y luego ya no tiene fuerzas ni para cantar”... La bella aspirante al puesto de secretaria llenó la solicitud de empleo que don Algón le había dado. En la línea donde decía ‘Sexo’ puso: “Para eso usted tendrá que presentarme a mí una solicitud”... Simpliciano, ingenuo joven, se vio por azares de la vida en brazos de una apasionada y tórrida mujer que lo tomó con fuerza, lo arrojó en la cama y se subió sobre él. “¡Contente, Calentina! -suplicó el asustado galán-. ¡Me vas a matar!”. Respondió la fogosa mujer sin sofrenar sus ímpetus: “¡No importa, con tal de que esta parte no se muera!”... FIN.




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