20/04/2018

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Pasadizo secreto

Matrimonio para los jóvenes, un completo martirio


Miguel Rodríguez Sosa

El Código Civil para el Estado de Tamaulipas ofrece a la figura o contrato del matrimonio entre capítulos y artículos un gran espacio de este instrumento jurídico, por lo que tan sólo las palabras: requisitos, esponsales, derechos y obligaciones, alimentos, vivienda, separación de bienes, entre muchos otros relacionados a esa unión entre dos personas para convivir, el tan sólo nombrarlos, leerlos o conocerlos provoca un fuerte dolor de cabeza; no se diga los relacionados al divorcio, sus consecuencias y obligaciones, máxime si ya se tienen hijos, propiedades de por medio; todo ese “tejido”, todo ese “amarre” está provocando que las nuevas generaciones de mexicanos, en lugar de estarlo considerando como atractivo, sea el matrimonio para los jóvenes un completo martirio.

Al menos los informes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) a nivel nacional el aumento de divorcios entre cada año ha ido a la alza, pues tan sólo en el año 2013 se registraron 108,727, mientras que en el 2014 se realizaron 113,478, una diferencia de 4,751 casos, y en comparación del mismo 2014 con el año 2015 en este último se detectaron 123,883 separaciones, duplicándose entre estos dos a 10,405, siguiendo la misma mecánica el 2015 con el 2016 el resultado fue de 139,807 arrojando 15,924 casos; esto ilustra un claro comportamiento a la alza, siendo los matrimonios entre jóvenes en su mayoría los principales actores en estos asuntos.

Es común que siempre que surge el rompimiento entre las personas que formaron un matrimonio se les etiqueta con la figura de irresponsables, o que no supieron convivir en armonía, mas sin embargo nunca se considera que al menos estos jóvenes ya no se sientan a gusto con ese modelo, no acepten esas quizás para ellos obsoletas o ya desgastadas formas o formalidades de llevar esa unión.

Pues al menos la figura femenina, o sea la esposa, la madre ya no quiere ser el ama de casa, ya no quiere tener ese estigma de que no puede por su misma condición de “casada” privarse de ciertas libertades que como soltera solía tener, ya que al contar con un grado académico técnico o profesional, por lo mismo es de fácil integración al ramo laboral, en consecuencia aportadora de recursos económicos para la manutención al igual que su pareja, y lo que respecta al cuidado de los hijos, ese no sería un impedimento al existir las guarderías, estancias públicas o privadas que coadyuvan a aligerarle esa responsabilidad o carga por el simple hecho de ser mujer.

Y en el caso de los hombres, les aterra ser el principal proveedor de todos los recursos para que subsista el matrimonio, propiciando en éstos ese desánimo gradual que al final de cuentas lo hace que se desista de ese peso emocional, social y económico; se puede pensar entonces que estos jóvenes aún no están preparados para el matrimonio, o comentar que para qué se casan si no van a soportar las cargas que conlleva este compromiso.

Mas sin embargo pudiera no ser así, pues al menos los hijos que nacieron en los años sesentas se desarrollaron por decir así del modo antiguo, en donde el padre era de mucha más edad que la mujer y se imponía; el padre aportaba recursos y la madre cuidaba los hijos e hijas que por lo mismo eran numerosos, como numerosos eran los quehaceres de la casa, que a final de cuentas privaba de muchas libertades, satisfacciones o diversiones a esa abnegada mujer.

Pero los nacidos en los años noventas, y al ser sus padres mucho más jóvenes, con menos hijos, con mentalidades más modernas y más preparados académicamente, encajan y perfectamente con ellos, al coincidir en gustos por autos, videojuegos o tecnologías como computadoras o productos de comunicación móviles, teniendo en consecuencia entre éstos mucha más libertad de comunicación, de entendimiento, de decisión.

Entonces, no se puede dejar a un lado que estas nuevas generaciones y a través de las redes sociales estén monitoreando a otras naciones en estas cuestiones de convivencia entre dos personas, así confirmen que, en Italia, Gran Bretaña, Alemania inclusive en España la unión libre es por hoy considerada quizás no como el mejor, pero sí el más “cómodo” modelo de convivencia.

En China es conocida su política de hijo único, programa aplicado por ese gobierno para control natal a finales de los años setentas, mas sin embargo bueno o malo, controvertido o no, en lo que estuvo vigente saneó en gran parte esa carga social, económica, ese desgaste del propio gobierno en cuestiones de divorcios o manutenciones, pues esa misma política de hijo único obligaba, hacía participativo al propio gobierno quien proporcionaba entre otras cosas dinero en efectivo, consultas pediátricas especiales, casas, ayudas que al final de cuentas auspiciaba el mantener unida a la pareja.

Y en Estados Unidos de Norteamérica, los anglosajones ya no le encuentran ese atractivo al matrimonio, al acarrearles sobre todo a los hombres cuestiones legales a consecuencia de una separación, cosa que los lleva inclusive a la cárcel, por lo mismo viven mejor en unión libre, no adquieren demasiados bienes inmuebles, rentan un apartamento, compran menajes de casa económicos, tienen dos carros, dos perros y una sola cuenta bancaria, procuran no tener hijos, dedicándose tan sólo a trabajar, viajar, disfrutar de la vida, sin preocupaciones ni compromisos de ninguna índole relacionados al matrimonio; y al darse la separación venden todo y se reparten el dinero, sin rencores, sin pleitos ni demandas legales de ninguna índole.

En la costumbre mexicana el matrimonio aún es cosa seria, pero causa impotencia y coraje que el propio Estado tan sólo sea sancionador, juzgador, pero nunca entre sus leyes se manifieste como coadyuvante, sanador de ciertas cargas económicas al momento de realizarse un divorcio por cualesquier motivo.

Es sabido que un juicio de divorcio nunca provoca una conciliación, sino más bien una confrontación, desprendiéndose de esto entre las parejas que se separan ese odio, ese rechazo, en donde inclusive los hijos sufren por los ahora “extraños” comportamientos de sus propios padres; el Estado concluye si la disolución del matrimonio, pero deja en las partes una pena muy dura de sobrellevar, las propias leyes se encargan de avivar el fuego y mantenerlo más que calmarlo, dando origen a ese eterno pleito y coraje no tan sólo entre ellos, sino entre todos los miembros de ambas familias, sentimiento con el que cargarán toda su vida; quizás sea por todo esto que hoy los jóvenes ya no se quieran “casar”.




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