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¿Para celebrar o para pensar?


Padre Leonardo López Guajardo

Aunque el Día del Niño se festeja el 30 de abril, a partir de este fin de semana se intensificarán las fiestas y homenajes a los pequeños. Pero, más que homenajes, hay que pensar si el mundo que los ha recibido, es el que les conviene.

En el portal de una estación de radio de difusión nacional, encontré los siguientes datos que me pusieron a pensar.

“La primera infancia, de los cero a los 5 años de edad, representa una etapa decisiva en el desarrollo de las capacidades físicas, intelectuales y emotivas de cada niño y es la etapa más vulnerable del crecimiento.

En esta fase se forman las capacidades y condiciones esenciales para la vida, la mayor parte del cerebro y sus conexiones. El amor y la estimulación intelectual permiten a los niños desarrollar la seguridad y autoestima necesarias.

Para ello, su entorno y las condiciones de vida de la madre son fundamentales.

En 1989, durante los trabajos de la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), definía al niño de la siguiente manera: un niño es un ser humano que tiene pocos años, inexperto, irreflexivo. Es un afortunado que recibe trato afectivo, sin importar su raza, color, sexo, idioma, religión, nacionalidad, si es rico o pobre, si tiene o no padres o impedimentos físicos o mentales. Los niños -para la ONU- son primero y están por encima de cualquier otra consideración.

En México, hablar de la infancia es sacudir historias de dolor, sufrimiento, pobreza, abandono, injusticia, miseria, humillación y desprecio.

Es hablar de miles de menores que viven en las calles luchando por sobrevivir, niños acusados, señalados, estigmatizados, reprimidos, marginados, torturados y encerrados injustamente, niños a quienes se les ha negado el derecho a la dignidad, al juego, a la justicia, a la libertad, niños golpeados, maltratados, extorsionados, violados, explotados, niños que abandonan la escuela porque tienen que trabajar.

En México hay niños que duermen en las calles, que se drogan, roban y se prostituyen, niños que tienen hambre, están desnutridos y enfermos, con pocas probabilidades de tener un desarrollo físico, intelectual, afectivo y emocional adecuado y con esas condiciones están condenados a sobrevivir con serias desventajas y limitaciones para enfrentar su vida como adultos.

También es hablar de una sociedad que olvida y margina a los niños que ella misma produce, y con cuyo silencio y contemplación se vuelve cómplice de la injusticia en la que los menores viven.

En México existen más de 40 millones de niños de los cuales al menos 40 por ciento de ellos tienen que trabajar y dejar de lado las condiciones de salud y educación que todo niño debe tener para desarrollarse plenamente.

Los datos estadísticos, por muy fríos que puedan parecer, nos muestran sin embargo un panorama sombrío y preocupante sobre la situación de la infancia en México; no sólo por el hecho de que los niños tengan que trabajar, sino por las condiciones en las que se lleva a cabo el trabajo. Estas condiciones son la mayoría de las veces injustas, y existen en ellas claros signos de explotación.

Otro aspecto que resulta alarmante es el crecimiento del número de menores que tiene que recurrir a la prostitución como único medio de sobrevivencia. Según cifras del Centro Mexicano para la Defensa de la Infancia (CEMEDIN), un millar de niñas y jovencitas, cuyas edades fluctúan entre 14 y 16 años, se prostituyen en la Ciudad de México a cambio de cantidades de dinero que oscilan entre los 15 y 25 dólares. El fenómeno de la prostitución infantil se agrava aún más en aquellas ciudades en donde existen menos alternativas de trabajo y estudio, para los menores.

El trabajo infantil priva a los niños de las condiciones normales para un desarrollo pleno, es decir, les impide gozar de la salud, la educación y el juego. A esto se añade el hecho de que en sus diferentes trabajos, los niños están expuestos a peligros, accidentes y enfermedades inherentes al mismo.

De acuerdo con los datos proporcionados por UNICEF, México ocupa el decimocuarto lugar entre los países con mayor índice de mortalidad infantil absoluta (menores de 5 años de edad). Cada año mueren en México un total de 183 mil niños menores de 5 años.

Algunas causas de mortalidad son las relativas a ciertas afecciones originadas en el periodo perinatal provocadas en la madre principalmente por mala alimentación.

El índice de mortalidad en relación con nacimientos, es de 778 defunciones por cada 100 mil niños nacidos vivos. La tasa aumenta y alcanza 1,759 muertes por cada 100 mil niños durante los primeros meses de vida. Entre las otras causas principales de mortalidad, cuatro son de origen infecto contagioso y ocasionan tres de cada 10 muertes; se incluye entre ellas la neumonía, la influenza y la septicemia”.

Hasta aquí el mensaje del portal, cuyas ideas podríamos seguir desarrollando, pero los niños, más que palabras, necesitan acciones. Pero en ello, usted tiene la última palabra.

padreleonardo@hotmail.com




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