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De política y cosas peores

Plaza de Almas


Catón

Este amigo mío vive anclado en el pasado. Cuando se lo decimos responde: “Todos vivimos anclados en el pasado”. Sospecho que le asiste la razón, que no suele asistir a muchos. Ayer se sacó de la bolsa una de sus nostalgias favoritas, y dijo que el Día de las Madres ya no es como era antes. Añadió, filosófico: “Ha de ser porque las madres ya no son como eran antes”. Recordó que en sus tiempos -buenos tiempos, claro- los señores llevaban un clavel en la solapa el 10 de mayo, y la damas el suyo en la blusa o el vestido. El clavel era rojo si quien lo portaba aún tenía a su madre, y blanco si la había perdido ya. Hizo un recuerdo: “Mi mamá falleció siendo yo niño. El Día de la Madre mi papá me ponía el clavel blanco. La gente me acariciaba al pasar y decía: ‘¡Pobrecito!’. Yo me sentía muy mal, y me sentía muy bien. Cuando se hablaba de mi madre mi papá callaba, hosco, pero en las noches me sacaba al patio de la casa y me señalaba la estrella más brillante. Me decía: ‘Es tu mamá’. La miraba yo, y ya no era huérfano”. Siguió hablando mi amigo. “Mi esposa murió el año pasado. A los pocos días de su muerte mi hijita de tres años me preguntó dónde estaba su mamá. La llevé al jardín; le mostré la estrella que mi padre me enseñaba y le dije: ‘Ahí está’. La niña le envió un beso con su manita. De los padres aprende uno muchas cosas. Y de las hijas más”. Recordó mi amigo que en su ciudad se guardaba un minuto de silencio, el 10 de mayo a las 12 del mediodía, en memoria de las madres muertas. El silbato de una locomotora anunciaba el momento en que el silencio debía comenzar, y otro silbato marcaba su final. En ese minuto, que se hacía eterno, la ciudad enmudecía y se paralizaba. Los automóviles se detenían en la calle, lo mismo que los transeúntes. Los señores se quitaban el sombrero y las señoras decían en silencio una oración. Ese día se escuchaba en el radio, una y otra vez, el chotis “Amor de madre” –“Dame tu amor y bendición, ¡oh madre mía adorada!”- lo mismo que la canción española “Cariño verdad”, con Juan Legido, y las Mañanitas que cantaba Pedro Infante. La gente pedía el poema “El brindis del bohemio”, declamado por don Manuel Bernal, y aquel otro que empezaba: “Si tienes una madre todavía / da gracias al Señor que te ama tanto, / pues no todo mortal gozar podría / dicha tan grande ni placer tan santo”. El licenciado Raymundo de la Cruz López decía con emotiva y sonorosa voz versos de Carlos Rivas Larrauri alusivos a la madre. Una de esas composiciones se llamaba “Por qué me quité del vicio”. Contaba la historia de un hombre cuya esposa falleció. El infeliz se entregó al alcohol. En el delirio de su embriaguez veía a la amada muerta y hablaba con ella. Un día llegó a su casa y encontró a su pequeño hijo perdido de borracho. Había bebido de la botella de su padre pensando que así también él vería a su mamá. “Desde entonces ya no tomo / manque me lleven los pingos”. El otro poema era aún más dramático. Dos niños conversaban el día 10 de mayo. Uno, mayorcito, estaba triste porque su madre había muerto. El otro se alegraba porque tenía mamá, no importaba que estuviera en el hospital. Preguntaba el amigo: “¿En qué hospital está?”. Respondía, inocente, el pequeño: “En el Morelos”. Y decía para sí el que había preguntado: “Más vale no tener madre que tenerla en el Morelos”. Y es que al Hospital Morelos iban las prostitutas que habían contraído una enfermedad venérea. Ya no se escriben versos con tantas lágrimas como ésos. En aquellos años las madres se sentían obligadas a llorar aunque fueran felices. Todas debían ser como doña Sara García, así tuvieran 20 años. A mi amigo lo asiste la razón: ya nada es como antes… FIN.




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