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De política y cosas peores

La guerra contra las drogas


Catón

Los autocinemas eran sitios a donde iban las parejas que no podían pagar un motel. La cómplice oscuridad del sitio permitía toda suerte de expansiones amorosas, las más de ellas sucedidas en el asiento de atrás del automóvil. Al sitio se debía entrar con las luces del coche apagadas. Si algún despistado las dejaba encendidas su ingreso era saludado por una serie de iracundos bocinazos. Al terminar la película los asistentes, de vuelta ya en el asiento delantero, guardaban una elegante cortesía: los coches salían en perfecto orden, formando fila, y sus conductores dejaban un buen espacio entre uno y otro a fin de no cometer la indiscreción de ver a quienes habían estado ahí. ¡Cómo se han deteriorado las costumbres! En ninguna parte existe ya esa buena educación. Todo lo dicho viene a cuento para recordar la ocasión en que la novia de Babalucas le pidió que fueran al autocinema. Al badulaque le extrañó ese deseo, pues la película que daban no era buena. (Era la misma que ahí se exhibía diariamente desde hacía 14 años, aunque nadie lo sabía, porque nadie veía nunca la película). Ya en el autocinema la chica le dijo a Babalucas con insinuante voz: “¿Qué te parece si nos pasamos al asiento de atrás?”. “No me parece buena idea -dudó el tonto roque-. ¿Luego quién maneja cuando nos vayamos?”... En mi natal Coahuila hay un municipio tan pequeño que su extensión es apenas un poco mayor que la plana en que este artículo aparece. Ni siquiera cabe en él su nombre, por eso no lo digo. Sucedió que el día en que Kennedy fue asesinado la mamá del presidente municipal de ese pequeñísimo lugar llamó por teléfono a su hijo y le dijo con voz llena de angustia: “¡Cuídate, hijito! ¡Están matando presidentes!”. Últimamente se ha multiplicado el número de asesinatos de personas que ocupan puestos públicos en distintas regiones del país. Los indicios hacen pensar que hay relación entre muchos de esos crímenes y el narcotráfico. Los enfrentamientos entre las distintas bandas que se disputan el control de un territorio dan lugar a actos violentos cuya frecuencia asume ya proporciones alarmantes. Eso da la razón a quienes piensan que la legalización gradual de algunas drogas, de su producción, distribución y consumo, es la única manera de hacer frente a un problema que rebasa ya la capacidad de respuesta de la autoridad. Está claro que la llamada guerra contra las drogas no ha hecho más que ensangrentar al país a todo lo largo y ancho del territorio nacional. Pocos son los estados que no sufren esa violencia. Y lo peor es que la tal guerra ni siquiera se libra en interés de México y de los mexicanos, sino del vecino del norte, el mayor consumidor de drogas en el mundo, a fin de proteger -eso se dice- a sus consumidores, que para colmo no quieren ser protegidos. Ya es hora de actuar racionalmente para poner fin a una guerra que será inacabable, como inacabable será la demanda de las drogas, y como inútil será siempre su prohibición… Don Chinguetas y su esposa doña Macalota fueron de safari a África. En el curso de la cacería un león atacó a la señora. “¡Rápido, bwana! -clamó el guía nativo-. ¡Dispárele a la fiera!”. Vaciló don Chinguetas: “¿Y si le pego al león?”… “Perdone usted: ¿a qué hora empieza el Seminario Sobre Administración Eficiente del Tiempo?”. “Por ahí de las 8 ó 9 de la noche, hora más, hora menos”… Un tipo pidió en la cafetería una hamburguesa y un hot dog. Grande fue su sorpresa cuando la mesera que le llevó la hamburguesa se sacó la carne de abajo de la axila. Le explicó al azorado cliente: “Es para evitar que la carne se enfríe”. “En ese caso -declaró el sujeto- cancéleme el hot dog”. (No le entendí)… FIN.




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