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De política y cosas peores

Cada quién su día


Catón

En la oscuridad de la alcoba conyugal la esposa de Leovigildo se entregó al acto del amor. Lo hizo por rutina, como siempre, y casi por obligación, pues el día de sus bodas su mamá le hizo dos recomendaciones: “Nunca le preguntes a tu marido de dónde viene ni a dónde va, y nunca te le niegues en la cama”. Ambos consejos los siguió al pie de la letra, y eso que parecían anticuados en esta época de feminismo, equidad de género, etcétera. A haber seguido la recomendación materna atribuía ella la sosegada calma en que su matrimonio transcurría. La noche que digo, sin embargo, no hubo calma ni sosiego en el acto conyugal, y menos aún rutina. Por el contrario, la señora experimentó con sorpresa un arrebato ardiente, un loco deliquio, un intenso desbordamiento pasional que la dejó ahíta y satisfecha. Agotada por aquel éxtasis carnal en que alcanzó un clímax jamás antes sentido, la señora profirió con exultante acento: “¡Qué maravillosamente me hiciste hoy el amor, mi vida! ¡Fuiste un tigre; un lobo en celo; un lujurioso semental! ¡Superaste a los más célebres amantes de la historia: Casanova, Don Juan o Rubirosa! ¿Por qué nunca me habías hecho sentir lo que sentí esta noche, Leovigildo?”. “No lo sé -respondió pensativamente el otro-. Posiblemente eso se debe a que no soy Leovigildo”… Una cosa no me gusta del 10 de mayo: siempre cae el 10 de mayo. Quiero decir que en México el Día de la Madre se celebra en esa fecha, así caiga en lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado o domingo. Este año, por ejemplo, cayó en jueves, que es día laborable. Muchas madres no pudieron ser festejadas, pues estaban trabajando, lo mismo que sus hijos y sus nietos. Reitero entonces mi atinada sugerencia en el sentido de que se fije el segundo domingo de mayo para celebrar a las madres en nuestro país. Así se hace en la mayor parte de los países del mundo. No se trata de imitarlos: cada quién su día. Se trata, sí, de evitar los múltiples inconvenientes que derivan de celebrar ese día entre semana, cuando por motivos de escuela o de trabajo las familias no pueden reunirse para celebrar tan entrañable fecha. Espero que en un futuro próximo se haga dicho cambio. Lo vuelvo a proponer porque lo considero necesario, y también para no hablar hoy de política. El hijo adolescente de don Chinguetas le hizo una pregunta: “Papi: ¿alguna vez te enamoraste de la maestra?”. “Claro que sí -respondió él-. Y locamente”. Volvió a inquirir el muchacho: “Y ¿qué sucedió?”. Contestó don Chinguetas: “Tu mamá te cambió rápidamente de escuela”… Una actriz de Hollywood le dijo a otra: “¿Recuerdas el vestido que llevé anoche a la fiesta?”. “Cómo no recordarlo -respondió la otra-. Causaste sensación con él”. Añadió la primera: “Hoy descubrí que no es vestido: es cinto”… Lord Feebledick regresó a su finca rural después de haber participado en la cacería de la zorra. Venía mohíno y malhumorado pues sus perros, en vez de perseguir a la zorra, fueron perseguidos por ella, lo cual fue motivo de irrisión para los demás jinetes. Al entrar en la alcoba conyugal lo primero que vio fue el retrato de su bisabuelo, el duque de Buttholeshire, pintura que cubría toda la pared. Lo segundo que observó le empeoró el humor: he aquí que su esposa, lady Loosebloomers, estaba en apretado trance de fornicación con Wellh Ung, el toroso mancebo encargado de la cría de faisanes. “Thunder of God! -exclamó lord Feebledick, que no olvidaba los juramentos aprendidos en Eton-. ¿Para esto te pago, grandísimo bellaco?”. “No, milord -repuso con gran cortesía el mocetón-. Esto lo hago gratis”... FIN.




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