13/05/2018

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De política y cosas peores

Los perros del Curro


Catón

El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Quinta Venida (no confundir con la Iglesia de la Quinta Avenida, que permite a sus feligreses el adulterio a condición de que lo cometan con la luz apagada), fue en calidad de misionero a las lejanas islas de los Mares del Sur a fin de llevar a los nativos la buena nueva de la existencia del pecado y de su consecuencia lógica, el infierno. Lo primero que notó al llegar fue que los aborígenes no conocían la institución del matrimonio: simplemente se juntaban en uniones libres, costumbre que alarmaba y llenaba de desazón al misionero, cuyo rígido credo religioso establecía que tales juntamientos se oponen a los designios del Señor. Amonestó severamente a los paganos. Les dijo que vivir como estaban viviendo los llevaría directamente a la condenación. Para salvarlos del fuego eterno, les informó, los uniría en santo matrimonio. Al día siguiente, en efecto, los juntó a todos en la playa y los casó conforme al rito de su iglesia. El reverendo se conmovió grandemente al observar que los salvajes celebraban la ocasión con entusiastas muestras de alegría. Le preguntó a uno: “¿Por qué están tan felices? ¿Es porque ya se libraron del infierno?”. “No -respondió el aborigen con una gran sonrisa-. Estamos felices porque los hombres aprovechamos la oportunidad para cambiar de vieja, y las mujeres de pelado”… En Estados Unidos se llama “necking”. (Groucho Marx opinaba que quien le dio ese nombre tenía escaso conocimiento de la anatomía humana). En Mexico decimos “cachondear” o “pichonear”. En el sur se usa la voz “guacamolear”. Todos esos verbos designan al acto de manosear en forma lujuriosa a alguien -principalmente un hombre a una mujer- sin propósito de llegar al coito. Los tales verbos se conjugan cada noche en el solitario paraje llamado El Ensalivadero, al cual concurren las parejitas de novios en trance de explorarse mutuamente y dar salida en algún modo, si no en el último, a los rijos de amor que los poseen. Pues bien: a ese sitio fueron Babalucas y su novia Dulciflor. La idea fue de la muchacha, pues el badulaque -ya lo conocemos- tiene vacíos los aposentos del cerebro y carece de la imaginación que se requiere para gozar la vida. (Don Abundio el del Potrero dice a su 87 años: “Lo bebido, lo comido y lo con ge fue lo único que disfruté”). El caso es que Dulciflor, ya en El Ensalivadero, abrazó, besó y guacamoleó prolijamente al asustado Babalucas, y luego le pidió respirando con agitación: “¡Demuéstrame que eres hombre!”. “¡Te lo demostraré! -respondió con energía el tonto roque-. ¡Mañana te traeré mi acta de nacimiento!”… Doña Polita sufría un problema del habla: pronunciaba la erre como ele. Por decir “rey” decía “ley”; en vez de “carro” decía “calo”. En la casa de al lado vivía un sujeto que solía vestir con elegancia, motivo por el cual los vecinos le decían el Curro. Ese tal Curro tenía cuatro perros de raza desconocida que ladraban día y noche sin motivo, por el solo gusto de ladrar. Harta de esos ladridos doña Polita se quejó con la administradora del fraccionamiento. Le dijo: “Me molestan mucho los perros del Curro”. Grande fue su desconcierto cuando la mujer le contestó: “Ése no es asunto de la colonia, pero de cualquier modo le sugiero que se compre un depilatorio fuerte”. (A mí también me desconcertó la respuesta, pues no tiene conexión con la pregunta. Tal falta de ilación se veía en los libros del método Ollendorf para aprender idiomas a través de la adquisición del mayor vocabulario posible. Pregunta: “¿Quién tiene el paraguas del maestro?”. Respuesta: “El calzón de la mucama se lo llevó el vicario”. Y así)… FIN.




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