15/05/2018

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El triunfo de la República


Luis Pérez-Benítez

Un día como hoy 15 de mayo pero de 1867, el coronel imperialista Miguel López -ya para entonces imposibilitado para seguir sosteniendo la defensa de Querétaro - entregó el Convento de la Cruz a las tropas republicanas de Benito Juárez, fortificación que servía como el bastión imperial más importante de Maximiliano de Habsburgo. Ese mismo día el acoso republicano hizo caer la ciudad entera y con ella al archiduque Max –como lo llamaba Carlota de cariño- y a sus principales jefes Tomás Mejía y Miguel Miramón.

Así, Maximiliano se rindió con sus soldados en el Cerro de las Campanas ante el general Ramón Corona, mismo que lo llevó ante el general Mariano Escobedo a quien el archiduque rindió su espada, hechos que dio por terminado el malogrado imperio extranjero que tanto costó a nuestra patria, triunfando la República.

De acuerdo con lo apuntado por los escritores Noé Solchaga Zamudio y Luisa A. Solchaga Peña, en su obra Efemérides Mexicanas, editorial Avante, 2003, una vez rendida la plaza de Querétaro, Maximiliano suplicó al general Mariano Escobedo se le concediera permiso para volver a Europa, a lo que Escobedo contestó que no era él a quien correspondía disponer de los prisioneros, sino al gobierno de la república, remitiéndolo preso al Convento de la Cruz -hasta ese día su bastión principal- y posteriormente al convento de Santa Teresa.

El 19 de junio de 1867, en aplicación de una ley expedida el 23 de enero de 1862, a las siete horas con cinco minutos de la mañana fueron fusilados en el Cerro de las Campanas en la ciudad de Querétaro, el archiduque de Austria Maximiliano de Habsburgo junto con los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía.

Según refiere el historiador y doctor Carlos Tello Díaz en su interesante obra titulada Maximiliano Emperador de México, Editorial Debate, 2017, ese día, Max despertó a las tres y media de la mañana sumamente nervioso en espera de la muerte inminente, recordando con nostalgia su castillo de Miramar y a su esposa Carlota, que para esas fechas dicen había perdido la razón.

Tello Díaz cita textualmente que “a las cinco de la mañana vestido de negro escuchó misa en la capilla de los capuchinos. Al recibir los sacramentos permaneció arrodillado, con su rostro cubierto por sus manos. Más tarde desayunó con Miramón y Mejía. Hacia las seis, los tres fueron conducidos por sus guardias fuera de las celdas. En el momento de salir, el emperador levantó la vista para ver el cielo. ‘¡Que hermoso día!’, exclamó, ‘siempre quise morir un día como este’”.

Los cuerpos de Maximiliano, Mejía y Miramón fueron envueltos en sábanas de lienzo y depositados en ataúdes de madera corriente y según afirman Alejandro Rosas y Julio Patán en su obra México Bizarro, editorial planeta, 2017, nadie reparó en la estatura de Maximiliano, por lo que su cuerpo embalsamado no cupo en el ataúd, permaneciendo en Querétaro hasta septiembre de ese año, fecha en que el gobierno ordenó trasladarlo a la Ciudad de México.

Para infortunio del malogrado Max y su familia, el carruaje que transportaba sus restos volcó dos veces cayendo al arroyo, lo que originó que el agua penetrara en los mismos, lacerándolos y macerándolos, produciéndose su degeneración grasosa que sufren algunas momias, llegando a la capital en un estado verdaderamente desastroso. El cadáver fue entregado al representante oficial del Emperador de Austria hasta el 13 de noviembre de 1867. De esta forma se escribió el triunfo de la República. Hasta pronto.




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