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Los gallos


Guadalupe Loaeza



“¿Quién es tu gallo?”, suele preguntarse refiriéndose al candidato de la predilección de cada quien. En esta ocasión no abordaremos del tema de los cuatro “gallos” que están contendiendo para la Presidencia. Hablaremos de los gallos del pintor tapatío Chucho Reyes.

Gallos de “colores en movimiento”, como los llamó Pellicer. Gallos plasmados en papel de China, cuya técnica consistía en la pintura al temple y el gouache, después de haber mezclado las anilinas con agua hirviendo y cola vegetal. Gallos, caballos danzarines, serpientes, tigres, cristos, flores, calaveras, vírgenes, payasos, niñas dormidas o muertas, demonios y ángeles, todos estos personajes habitaban en el mundo fantástico de Reyes.

José de Jesús Benjamín Buenaventura Reyes Ferreira nació en Guadalajara el 17 de octubre de 1880. Chucho, como todo el mundo lo llamaba, tuvo dos hermanas, la muy alta se llamaba María y la muy bajita, Toñita. En Guadalajara, era un personaje muy conocido, ahí lo visitaban todos los artistas de entonces; a su estudio llegaban Lupe Marín, Luis Barragán y Juan Soriano, su mejor alumno.

En una ocasión, la policía de Guadalajara hizo una redada en una fiesta gay en la casa de Reyes Ferreira y apresaron a todos los invitados. Entre ellos iban el propio Chucho y muchos de sus amigos. El diario Las Noticias del 19 de junio de 1938 publicó que el anfitrión había sido acusado de “invertido, corruptor de menores y organizador de saturnales en su domicilio sito en el cruzamiento de las calles Ocho de Julio y Morelos”. Al otro día, los presos fueron sacados a la calle para que barrieran mientras la gente de Guadalajara los insultaba.

Pero Chucho Reyes fue recibido en México como un héroe por escritores como Salvador Novo y Xavier Villaurrutia, por Carlos Pellicer y Elías Nandino, incluyendo a Diego Rivera. En los años cuarenta, los tres hermanos solteros, muy parecidos entre sí, llegaron a la Ciudad de México. Muy rápido se instalaron en la que siempre sería su casa, en Milán 20 y 22 en la colonia Juárez. Ahí iban todos los coleccionistas de arte a preguntar por esos cuadros y sus papeles de China de todos colores. En una ocasión, llegó Helena Rubinstein, la empresaria polaca, a buscar los dibujos de Chucho. Tanto le fascinaron que se llevó más de 100 de sus obras de arte, con las cuales decoró sus salones de belleza en muchas partes del mundo. Ahí comenzó la fama de Chucho.

Poco después, en 1945, el Museo Fogg de Boston organizó una exposición en la que compartió espacio con Picasso. Otro de sus grandes admiradores era nada menos que Marc Chagall, el gran pintor surrealista. Chagall había llegado a México en 1942 invitado por el gobierno mexicano, y aquí conoció a Chucho. En su casa hizo varios de sus dibujos para el ballet; Chucho, por su parte, pintó varios cuadros inspirados en su obra. “Chagall admiraba a Chucho, y lo trataba como hermano. En esa época Chucho pintó muchas figuras volando con ramos de flores, a la Chagall”, dice Inés Amor.

Sus mejores amigos fueron Justino Fernández, Inés Amor, Luis Barragán y Mathias Goeritz, además de todas las señoras más representativas de la burguesía mexicana.

El martes por la mañana fui a ver al Palacio de Bellas Artes, con un grupo de amigas, la exposición, en ocasión del 40º aniversario luctuoso del artista jalisciense, “Chucho Reyes. La fiesta de color”, la cual estará hasta el 3 de junio. En tanto paseaba por las cuatro salas dedicadas al pintor, recordé mis comidas en casa de los Reyes, a finales de los sesenta, donde solía ir cada jueves a las 2:00 pm a Milán 22.

Después de subir unas escaleras de madera, de pronto me encontraba en la sala a Chucho con su boina negra y su mascada de lunares negra y blanca alrededor del cuello, sentado a un lado de su perro llamado “Amigo”, de raza Pelo de Alambre. Me esperaba con sus dos manos sobre el bastón y en medio de sus múltiples antigüedades y esferas de todos tamaños. De pronto aparecía Toñita, su hermana (María ya había muerto), y me ofrecía un jugo de limón real.

Mientras comíamos un delicioso pollo al cacahuate, con arroz blanco y unas tortillitas maravillosas, Chucho me platicaba lo que para él era “la divina proporción”, me comentaba las últimas bodas de algunas niñas bien y las anécdotas de mi madre cuando era novia de mi padre y solía pasar vacaciones en su casa de Guadalajara.

Un jueves llegué a casa de los Reyes con un suéter color rosa mexicano. Chucho me llevó a su estudio y me pintó un ramo de flores del mismo color. Esa tarde me sentí privilegiada por haberle inspirado algo tan especial a un gran pintor mexicano. Este fin de semana no dejen de ir a Bellas Artes a visitar a Chucho.

gloaezatovar@yahoo.com




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