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No estacionarse


Padre Leonardo López Guajardo



Unas de las pesadillas de los conductores, sobre todo en las ciudades congestionadas, es el de conseguir un buen aparcamiento, lo más cercano a la casa, al trabajo o al comercio.

En la ciudad de Nueva York, hace algunos meses, se ofreció en venta una plaza de estacionamiento, y, para sorpresa de su dueño, hubo quien estuvo dispuesto para pagar medio millón de dólares para apropiársela. Son pocos los vehículos que superen ese precio en el mercado.

Por otro lado, viene siendo cada vez más frecuente en la ciudad, los vehículos que son retirados por las grúas del Municipio por estacionarse en lugares prohibidos, ante la desesperación de sus dueños, quienes se justifican diciendo que sólo están bajando por un momento, quejándose del abuso de las autoridades.

En Laredo, claro que obedecemos estos señalamientos, pero no por convicción, sino, en la mayoría de los casos, por las fuertes multas que nos aplican, ante unas autoridades que no se dejan ablandar por nuestras excusas.

Lo mismo pasa con los seres humanos. Hay conductas, ideas y motivaciones valiosas que no dejamos estacionar en nuestras actitudes, precisamente porque cuestan mucho, a pesar de ser las que nos convienen como personas y como familias. Por otro lado, es muy fácil dejar estacionar otras en lugares incorrectos a pesar de las advertencias y del daño que pueden causarnos.

Hace unos días, el Papa dijo en una universidad:

“Es necesario educarse para ejercitar los tres lenguajes juntos: el de la cabeza, el del corazón y el de las manos. Es necesario aprender a pensar bien, a sentir bien y a trabajar bien. Sí, incluso el trabajo, ya que no es sólo un medio de vida, sino algo inseparable a nuestro ser humano, y por lo tanto, también es un medio para conocer la realidad, para comprender la vida: es una herramienta para la formación humana real y efectiva. Esto es importante —los tres lenguajes— porque hemos heredado de la Ilustración esta idea —insana— de que la educación es llenar de conceptos la cabeza. Y cuanto más sepas, serás mejor. No. La educación debe tocar la cabeza, el corazón y las manos.

Educar para pensar bien, no sólo para aprender conceptos, sino para pensar bien; educar para sentir bien; educar para hacer bien las cosas. De modo que estos tres lenguajes estén interconectados: piensas lo que sientes y haces, sientes lo que piensas y haces, haces lo que sientes y piensas, en unidad. Esto es educar”.

“Es más fácil romper un átomo que romper un prejuicio”, afirmó una vez Einstein, lo cual se hace evidente en la terquedad de muchos de nosotros que no estamos dispuestos a sacrificarnos a favor de nuevas actitudes que nos hermanan y de que, sabiendo el daño que causan, y a pesar de las múltiples advertencias, dejamos que nuestros prejuicios, a veces más por necedad que por inteligencia, trastornen nuestras vidas y de los que tengan la desgracia de estar cerca de nosotros.

Un cambio en que, como siempre, usted tiene la última palabra.

padreleonardo@hotmail.com




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