06/06/2018

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Pasadizo secreto

La carta…


Miguel Rodríguez Sosa

¡Qué tarea tan difícil es poder expresarle mi agradecimiento en esta ocasión, sin embargo, trataré de hacerlo! Profesora Olga S. de Elizondo.

En estos tiempos modernos queda claro que la comodidad que los medios electrónicos le están ofreciendo a los seres humanos para al menos comunicarse es una total realidad, mas sin embargo algo está sucediendo entre las mismas personas que las utilizan, pues es de reconocer que si se está logrando ese objetivo principal como es el de trasladar, transmitir esos mensajes o ideas de una forma inmediata, pero quizás sea ese mismo apresuramiento en esas nuevas modalidades de comunicación, por lo que estén surgiendo redacciones totalmente frías y sin ese “arte” epistolar como se estilaba con el uso de la carta…



Muchos han de recordar aquellos viejos tiempos en que el recibir una carta en casa era todo un suceso, el silbato del cartero daba cuenta de que alguna correspondencia al domicilio familiar estaba llegando, para lo mismo y después de espantar al perro que no le dejaba de ladrar a aquel trabajador del correo, y posterior al saludo de buenos días se ponía entre las manos esa preciada misiva.

Entonces ya fuera el señor o la señora de la casa apaciblemente se sentaba en la sala o desayunador, se colocaba sus lentes y con cierta incertidumbre abría y cuidadosamente ese sobre que contenía el mensaje; no es de dudar que los niños, niñas y casi jóvenes se arrejuntaban alrededor de él o ella para enterarse qué decía esa carta; después de un silencio el padre o madre de familia tan sólo se concretaba y en voz alta a decir: es de su tía Conchita, para continuar leyendo calladamente y después de una pausa volver a decir: que enfermó la abuela, pero que ya está mejor.

Cuando ya la carta por todos estaba “exprimida” de su contenido, ésta terminaba en una parte de la alacena o de la vitrina, ahí permanecía por algún tiempo hasta que otra más reciente la sustituía; pero nunca faltaba aquel niño o niña, jovencito o jovencita inquieta por ver, entender cómo es que se escribía.

Hoy en día el escribir una carta personal en papel blanco, bien enmarcada la fecha, dirigida correctamente y por igual iniciado su contenido que se pretende comunicar de una forma respetuosa y amena, se ve ya muy poco, por lo mismo y de recibirla, el tenerla entre las manos se debe procurar ese cuidado para abrir ese sobre, el desdoblar la carta que ahí perfectamente encajaba, así poco a poco pasar a descubrir su contenido; el cumplir pues con ciertas normas algunas muy estrictas de escritura, da pie a que esa comunicación no sea entre el autor de la misiva y su corresponsal tan sólo enfocada hacia lo que se pretende transmitir a través de la lectura, sino también el entender y bien precisamente esas reglas de estilo y presentación.

Hoy en día recibir una carta personal en sobre blanco con una fina letra que diga tu nombre, que te haga presente no tiene precio, ese cuadrito blanco llamado sobre se convierte en algo personalísimo, por lo mismo de mucho valor para el que va dirigido, abrirlo, sacar la hoja blanca, desdoblarla, invirtiendo todo lo que el remitente realizó, esas acciones por supuesto que traslada a cualquier persona a imaginar con qué cuidado lo hizo, saber que la tuvo entre sus manos, que por igual la firmó y cuidadosamente en su sobre guardó; seguramente el entender todo este proceso, el vivirlo, el recibirlo en esta época moderna agregándole ese agradecimiento como lo expresó la profesora Olga S. de Elizondo en su carta, por supuesto hace que a cualquiera de emoción se le enchine la piel.






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