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De política y cosas peores

La cacería de la zorra


Catón

Aquella joven esposa era primípara; estaba en trance de dar a luz por la primera vez. Le preguntó su ginecólogo, el doctor Wetnose: “¿Qué tan separados tienes los dolores?”. “Nada de separados -respondió penosamente la muchacha-. Todos los tengo en el mismo lugar”. Una mujer pidió en el mostrador de la farmacia: “Deme 2 pesos de ácido acetilsalicílico, y hágame una factura a nombre de la señora Ylizaliturrigurribarrenechecoechea”. “Lléveselo gratis -repuso el farmacéutico-. Por 2 pesos no voy a escribir ‘ácido acetilsalicílico’ y ‘señora Ylizali etcétera’”... En el campo nudista Vehemencio le dijo a la curvilínea chica: “¡Te amo, Pompiteta! ¡Te amo con todo mi corazón y toda mi alma!”. “No lo creo -respondió ella-. A simple vista puedo ver que lo tuyo es puro deseo”... Lord Feebledick llegó a su finca rural después de haber asistido a la cacería de la zorra. Venía de pésimo humor: su perro favorito, Dumdum, en vez de correr tras de la zorra persiguió a la perra de un campesino en celo. La perra, digo, no el campesino. La mortificación de lord Feebledick no se amenguó por el hecho de que junto con Dumdum corrieron tras la perra otros 84 perros, entre ellos el del príncipe Fumper. Se propuso castigar al can: la próxima vez que su esposa invitara a Miss Galumph a dar un recital de canto obligaría al animal a escucharlo desde la primera pieza hasta la última. Bien merecido se lo tenía. Fue lord Feebledick a su recámara y ahí sufrió otra mortificación casi equiparable a la que le causó Dumdum: su esposa, lady Loosebloomers, se hallaba practicando ‘the old in and out’ con Wellh Ung, el pelirrojo mozallón encargado de la cría de faisanes. “Glory be!” -exclamó milord, que en su juventud había pertenecido a la Iglesia Reformista Reformada, que no tiene mandamientos, sino sólo recomendaciones. Luego, dirigiéndose a la pecatriz, le dijo: “¿Así honras, desdichada, los solemnes votos que pronunciaste al pie del ara el día de nuestros desposorios?”. Habló de esa manera porque por esas fechas estaba leyendo “The pilgrim's progress”, de John Bunyan. “Fuck you! -respondió lady Loosebloomers (ella leía a la sazón “Ordeal”, la autobiografía de Linda Lovelace)-. ¿No te he dicho mil veces, Feebledick, que asuntos como éste no se tratan en presencia de la servidumbre?”... El subastador dio un golpe con su martillo y anunció: “El maravilloso alfiler que nos hizo favor de mostrar a la concurrencia la señorita Nalgarina, alfiler que tiene grabadas en la cabeza la Declaración de Independencia y la Constitución de los Estados Unidos, se lo lleva el joven caballero que está en la última fila y que ofreció por él 5 mil dólares”. “¿Cuál alfiler? -se asombró el joven caballero que estaba en la última fila-. ¡Yo pensé que estaban subastando a la señorita Nalgarina!”... Doña Genesia solicitó la ayuda de la beneficencia pública, y una trabajadora social fue a entrevistarla. Le dijo la solicitante: “Tengo nueve hijos. Dos de mi primer esposo, dos del segundo y cinco por mi cuenta”... El alcaide de la prisión le informó al condenado a muerte: “Tu ejecución iba a ser a media noche, Hamponio. Sin embargo te conseguí 15 minutos de gracia”. “No es mucho -suspiró el reo-. Pero en fin; que pase Gracia”... Un oriental casó con una oriental. A los seis meses de la boda la recién casada trajo al mundo un niño rubio de tez clara y ojos redondos y azules. El oriental, inquieto, le preguntó al doctor: “¿Cómo se puede explicar esto?”. “Bueno -respondió el facultativo, cauteloso-. Usted sabe: a veces ocurren occidentes”... FIN.




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