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De política y cosas peores

El tío Felipe


Catón

Recordarás, sobrino, que la última vez que nos vimos te conté la forma en que hice mi primera comunión. En aquellos años, te lo dije, usábamos la frase hacer la primera comunión para referirnos a la primera vez que hacíamos el amor. Esa primera vez fue para mí gloriosa. Quizá por eso todas las demás también lo han sido. La ocasión inaugural es importante, Armando. De cómo te vaya en ella dependerá en buena parte cómo te irá en las demás. Y a mí me fue muy bien; maravillosamente bien. La muchachita con quien me inicié, o que me inició, era muy linda. Pequeña, morenita clara, de cuerpo apetecible a pesar de sus muy pocos años -tendría más o menos los mismos que yo: 17-, era putita en un burdel. En esa época las prostitutas empezaban a serlo casi niñas y seguían en el oficio hasta ya viejas. Pero ella no parecía prostituta. Tenía más bien traza de criadita joven, o de rancherita. No se maquillaba estrepitosamente como hacían las otras, ni tenía su desfachatez. Cuando llegamos a su cuarto lo primero que hizo -¿puedes creerlo?- fue persignarse ante el altar que estaba sobre una repisa. Ahí una veladora ardía al pie de una imagen de la Virgen de Guadalupe y otra del Sagrado Corazón. Ella volvió las imágenes hacia la pared a fin de que no vieran lo que iba a suceder. Empezó a desvestirse. Yo la detuve y la tomé en mis brazos. Quise besarla -pensé que eso era lo que se debía hacer- pero ella me le impidió. Eso no -me dijo. Se quitó la ropa y se tendió en la cama. A pesar de la poca luz que había -la de la veladora- pude apreciar la belleza de su cuerpo. Era la primera mujer desnuda que veía. Y sin embargo -¿me lo crees?- no me lancé sobre ella. Yo no sabía nada, pero inexplicablemente actué como si lo supiera todo. Empecé a acariciarla con suavidad, y luego la recorrí con lentitud a besos. En todas partes la besé, te lo puedo asegurar, menos en la boca. Ella me dejó hacer, aunque noté en su rostro una expresión de desconcierto, y más cuando llegué con mis besos a sus pies. ¿Qué haces? -me preguntó. No respondí. No tenía palabras. La deseaba con el cuerpo, pero la estaba amando con el alma. En ese momento no era para mí una prostituta: era una novia. La besé más y más, y noté que cerraba los ojos mientras la besaba. Luego me subí a ella, y ella me guió hacia ella. Le hice el amor con lentitud, morosamente. Quizá otros habrían llegado pronto al final. A esa edad todo se hace con rapidez. Yo no. En prácticas de soledad -tú me entiendes, sobrino- había aprendido a contenerme. Seguí, y seguí, y seguí, primero despacito, después lleno de pasión. En ese momento la amaba de verdad. Sentí que la quería desde siempre, y que siempre seguiría queriéndola. Has de saber, Armando, que el amor no se hace bien si no se hace con amor. Ella empezó a respirar igual que yo, agitadamente. Me abrazó -antes no lo había hecho- y comenzó a moverse, siendo que hasta entonces había permanecido inmóvil, sólo dejándome hacer. Y entonces, Armando, sucedió algo muy bello. De pronto me dijo al oído: Bésame. La besé, y ella correspondió a mis besos, dados y recibidos con labios y con lengua. Eso aceleró el final. Terminamos los dos al mismo tiempo. Después quedamos de espaldas en la cama. La muchachita puso su cabeza sobre mi pecho. Le besé la frente. Tras un rato de estar así me dijo: Tengo que regresar. Si no la señora se enoja. Nos vestimos en silencio. Antes de salir del cuarto me miró con ojos tristes y me hizo una tímida caricia en la mejilla. Luego me dijo como con pena: Acuérdate de mí. Nunca la volvería a ver. Y nunca la he olvidado... FIN.




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