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Tentaciones


Sergio Aguayo

Para Martha Pérez Bejarano, gran lideresa cívica

Tras los éxitos de Morena, está la opción pacífica tomada por una parte de las izquierdas políticas, sociales y culturales. Gesta notable porque padecieron masacres y asesinatos, fraudes electorales y desprestigio y porque resistieron la tentación de la violencia o la corrupción.

En 1968 los partidos de izquierda eran ilegales, irrelevantes o cómplices del gobierno. El Movimiento Estudiantil exigió pacíficamente algunos cambios o concesiones; el presidente se rehusó y ordenó la matanza de Tlatelolco. Ahí empezó la larga marcha de la generación del 68.

Algunos tomaron las armas, otros empujamos el cambio desde las aulas, el periodismo, el activismo, el sindicalismo o la política profesional. Pese a las diferencias, coincidimos en dos principios irrenunciables: reconstruir lo sucedido en el 68 y perseverar en la no violencia. Creamos tejido social como el movimiento moderno de derechos humanos. Nació en los años setenta para atender a las víctimas de la Guerra Sucia, pero se extendió como la humedad por muchos otros temas.

Al mismo tiempo se legalizaron los partidos de izquierda que, en las elecciones presidenciales de 1988, tuvieron un éxito inesperado, frustrado por un fraude electoral tan obvio, que un sector de izquierda propuso el enfrentamiento. Cuauhtémoc Cárdenas, entre otros, entendió la asimetría de fuerzas y apostó por el gradualismo, inevitable cuando la urna se convierte en el método del cambio. El resultado fue la alternancia que fue resquebrajando al PRI y a su régimen.

El Ejército Zapatista de Liberación Nacional elaboró dos Declaraciones de la Selva Lacandona. En la primera (1993) proclamó la guerra y anunció el avance hacia la “capital del país venciendo al ejército”. Cuando empezaron los combates, las izquierdas sociales e intelectuales –y amplios sectores internacionales– salieron a las calles para exigir al gobierno cesar las hostilidades y a los insurgentes adoptar medios pacíficos. Respondieron con un cese al fuego y con el Zapatismo sumándose, en la Segunda Declaración (1994) a “elecciones libres y democráticas”.

De ese momento crucial se origina la reforma electoral de 1996, aquella que hizo posible la derrota del partido gobernante (PRI) en 2000. Vicente Fox y su partido, el PAN, traicionaron su esencia y sucumbieron, junto con el PRD, a la cultura priista del saqueo presupuestal y la entrega de cargos a los cuates. Las cúpulas de los tres grandes partidos se ahogaron en corrupción y/o ineficiencia; el Estado se debilitó y se fortalecieron los poderes fácticos entre los que destaca el crimen organizado.

Andrés Manuel López Obrador empezó a preparar su primera candidatura a la presidencia en 2000; cuando llegó a jefe de Gobierno de la capital dejó como sello su honestidad personal y una gestión razonablemente eficaz alejada de radicalismos. En 2006 encabezaba las encuestas, pero perdió por errores estratégicos, defectos de personalidad y un fraude electoral tan evidente y grosero que hubo sectores que abogaron por el enfrentamiento. El ahora electo presidente perseveró en el sendero de Cárdenas y optó por la protesta pacífica. El desenlace lo vimos este domingo.

López Obrador nos promete una transformación “pacífica pero radical”. En el Estadio Azteca añadió que “no hemos hecho todo este esfuerzo para meros cambios cosméticos, por encimita”. La tarea es monumental por la fortaleza de los cuatro jinetes de nuestro apocalipsis. La violencia, la corrupción, la desigualdad y los Estados Unidos de Donald Trump tienen sólidas redes de poder. Las resistencias serán enormes, los resultados inciertos.

Serán batallas de las cuales, siendo optimistas –y el momento se presta para ello– saldremos victoriosos y seremos capaces de forjar un mejor futuro. Hagamos una breve pausa para celebrar a las izquierdas mexicanas que resistieron las agresiones, las marginaciones, las burlas y los menosprecios. Igualmente meritorio fue su rechazo a la tentación de entrar al manejo de los presupuestos como patrimonio propio. En el trasfondo, insisto, ha estado la fidelidad con los métodos pacíficos.

Estamos, pues, ante una oportunidad inédita. Por primera vez en nuestra milenaria historia tendremos la oportunidad de cambiar al régimen sin violencia. Costó, pero lo logramos.

Twitter: @sergioaguayo

Colaboró Mónica Gabriela Maldonado Díaz.




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