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Armando Fuentes Aguirre

El buen Padre Ripalda enunció en su olvidado catecismo las obras de misericordia.

Entre ellas puso visitar a los presos y a los enfermos.

Me habría gustado que hubiera puesto también: “Visitar al que está solo”.

El hombre o la mujer que sufren soledad son con frecuencia presos de sí mismos, y muchas veces están enfermos de aflicción.

“Llórate pobre -dice la sentencia popular-, pero no te llores solo”.

La soledad, en efecto, es una de las más tristes formas que asume la pobreza.

La caridad no nos pide que sanemos al enfermo, o que pongamos en libertad al preso. Nos pide nada más que los visitemos; es decir que les demos un rato de nuestro tiempo, unos minutos de nosotros mismos.

Tampoco el amor nos demanda que pongamos remedio a la soledad del solitario. Nos pide solamente que lo acompañemos un poco y que tratemos de aliviar algo su tristeza, su aflicción.

Visitemos al que está solo. Alguna vez nosotros lo estaremos, y alguien nos devolverá la visita.

¡Hasta mañana!...



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