05/08/2018

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Del otro lado

Con todo por favor


Jorge Santana

En Pino Suárez y Guerrero hay unas quesadillas para morir. Llenas de grasa, de amor letal, como todo lo bueno en esta vida. Las tortillas de maíz ahí las hacen, en vivo y a todo color, y los diferentes guisos son garantía de que las tripas bailarán alegres un buen rato o hasta que llegue la acides por lo menos. Abren ya tarde, es un puestecito al puro estilo mala muerte que sirve a los asistentes de los tugurios de alrededor. De pronto ves a un gringo ruidoso tomando por la cintura a una morenaza ‘’pide lo que quieras mamacita’’ le mal dice a la chica de la noche que brilla más que el poste de luz, por tanta piedrita en su pantalón y esas uñas largas con brillantina. Ir al centro de noche cada dos o tres meses para comer esas quesadillas es toda una aventura. Son las 11pm y lucen vacías las calles, la basura da piruetas por las esquinas a los pies de los pájaros humanos, huele a drenaje y las prostitutas hiperactivas ronronean por las calles, hay que sacar suficiente para quedar bien con los jefes. –me da dos de chicharrón y una de mole- le digo al Sr. que atiende, el que seguramente lo ha visto todo, mientras de soundtrack se tiene las conversaciones gritonas de un grupito a punto de entrar a la seda de la noche y perderse en ella. Ir a ese lugar me llena de nostalgia, porque recuerdo ir de lunes a viernes a recoger a mi padre al Cadillac Bar. Al salir del trabajo era el lugar donde aterrizaba para olvidar el día, con su cognac y un cheesecake Nueva York de vez en cuando, se quedaba ahí 1 hora hasta que llegábamos mi madre y yo por él. Yo, que algunos me han dicho soy un santurrón, conozco muy bien los bares del centro, los de antes que ya no existen, porque mi padre desde bebé ahí me trajo. El Pub, La Fitz, El Victoria, El Dorado, Cadillac, eran mi diversión mientras papá se perdía en el color elegante del coñac. En El Pub, metía al portabebés bajo la mesa cubierta con manteles rojos para que nadie lo viera, y me mecía con un pie. Ya más grande me divertía muchísimo porque El Pub tenía un elevador de metro cuadrado que subía sartenes sucios a la cocina, y ahí me metía yo. En el estacionamiento había otro elevador, éste era peligrosísimo porque era una cuerda que subía y bajaba al encargado de los coches, me abrazaba a él y vámonos. Cómo disfrutaba al centro, era lo máximo. En el Cadillac me gustaba entrar a la cocina a platicar con el chef y quedarme dormido tras la barra que me dicen todavía sobrevive por ahí. Me pasaba horas conversando con la chica de la tienda de regalos, rodeado de puros cubanos que olían delicioso. No sé cómo no me hice fumador, los habanos son otro rollo. El bar del Hotel del Río era mi favorito, porque debajo del piano, había una plataforma que tenía una entrada secreta, ahí tenía guardados mis juguetes y podía estar ahí sin que nadie me molestara. De vez en cuando me metía a la alberca, aunque no estuviera hospedado porque papá era un cliente distinguido, sí distinguido de verdad, aún conservo las tarjetas de membresía “cliente distinguido” de todos esos bares, que lo única que significan esas tarjetas es “atiéndelo bien porque consume mucho”. El alcoholismo de papá me dio una infancia que no cambiaría por nada, en ese viejo Nuevo Laredo que extraño tanto. Nunca se me dio por tomar en mi adolescencia, hoy que no está mi padre de vez en cuando una botellita de vino dulce no me cae mal. Lo único que le reprocho a veces a la vida es no haberme dejado sentarme a beber una copita con mi padre, mientras las horas se gastan sin que nos importe. Pero qué cosas digo, debe ser la canícula. Ni modo lector, qué le vamos a hacer, dicen que no nos queda de otra. jorgesantana1@gmail.com




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