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Abelardo vive


Sergio Aguayo

La vida del presidente mexicano Abelardo L. Rodríguez giró en torno a tres reglas que luego emularían los depredadores del erario público; entre ellos, Elba Esther Gordillo.

En su Autobiografía, Abelardo cuenta de su “origen (tan) humilde y pobre” que solo “usaba zapatos” domingos y días festivos. Luego presume de haberse encumbrado en “el mundo oficial y en la iniciativa privada”. Le fue tan bien que en 1932 el ex presidente Pascual Ortiz Rubio estimaba que ya tenía depositados en el extranjero 12 millones de dólares (de los de entonces). Seguramente creció su fortuna en los siguientes 35 años, porque murió en 1967. Después de consultar diversos estudios sobre su vida, me lleva a interpretar que vivió de acuerdo con tres reglas.

La primera: “Obedecerás y servirás a tu presidente, gobernador o jefe”. Cuando Plutarco Elías Calles lo puso de presidente interino (1932-1934) Abelardo le consultaba. Se justificó con un párrafo de humor involuntario: “Es inexacto que yo, como Presidente de la República, haya sido dominado por nadie”. Sin embargo, le reconocía tan “vasta experiencia al señor general Calles que (añade) no tuve empacho en consultarlo… posponiendo mi amor propio a los intereses de la Nación”.

La segunda: “Utilizarás tus cargos para acrecentar tu hacienda”. Él fue ejemplo del político-empresario; mientras ocupaba cargos, creaba empresas y perseguía a periodistas y ciudadanos críticos. En la tesis doctoral que presentará en la UNAM, Zulia Orozco documentó su participación en 122 empresas legales (estarían también las ilegales porque hay indicios de que contrabandeaba drogas y alcohol a los Estados Unidos).

Era hábil en la ordeña del presupuesto. José Alfredo Gómez Estrada, profesor de la UABC, es quien más lo ha estudiado y en una de sus obras cuenta que cuando fue gobernador de Baja California (1923-1929) construyó al mismo tiempo en Tijuana una presa y el Casino Agua Caliente. Encontró evidencia de que incluyeron como insumos para la presa “500 puertas, 1000 ventanas, 500 camas, 500 colchones, 1000 sábanas, 1000 fundas para cojines y cinco toneladas de utensilios de cocina y mesa”. Era una forma de canalizar recursos públicos a una empresa privada.

La tercera: “La fortaleza de la impunidad depende de la complicidad o tolerancia de tus pares”. Es notable cómo la élite política asumía el origen turbio de su riqueza. Jesús Silva Herzog escribió que después de ser gobernador, Abelardo regresó a la capital “dueño de inmensa fortuna” que no venía de sus “sueldos y gastos de representación”. Sin embargo, la consideraba “pecado venial” porque “fue un buen presidente”.

Las reglas y costumbres de Abelardo se popularizaron. Elba Esther Gordillo, por ejemplo, creció con privaciones, pero escaló los laberintos del poder priista obedeciendo a superiores y presidentes. Carlos Salinas la puso en el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y supo transitar al México de la alternancia porque se puso al servicio de Vicente Fox y Felipe Calderón, quienes la recompensaron generosamente.

Una debilidad de Gordillo era su gusto por la ostentación; los medios se llenaron de información sobre sus dispendios; Elba Esther respondía con la arrogancia del poderoso: “Me gustan las cosas caras, ¿dónde está el delito de eso? Lo sudo, no me lo robo”. Está pendiente investigar cuántos recursos públicos recibió. En una investigación que realicé con Alberto Serdán establecimos que, además de las cuotas magisteriales, entre 2007 y 2009 el grupo de la maestra tenía el control de presupuestos de hasta un billón 611 mil millones de pesos. Abelardo hubiera muerto de envidia.

Cuando Enrique Peña Nieto llegó a la presidencia, Elba Esther se insubordinó y hasta le habló golpeado en un discurso público. Terminó en la cárcel y entonces supimos que el SNTE le había entregado mil 978 millones 393 mil 241 pesos. La impunidad terminó imponiéndose puesto que el SNTE jamás la denunció y fue liberada hace unos días.

La maestra hablará ante los medios el próximo lunes 20. ¿Anunciará que se retira a tejer en una mecedora o regresará a ocupar “sus” espacios?, ¿cómo manejará el nuevo gobierno el regalo emponzoñado que le hereda Peña Nieto? En tanto lo averiguamos, termino con la conclusión más obvia: Abelardo vive y sus discípulos y discípulas viven bien, muy bien.

Twitter: @sergioaguayo

Colaboró Mónica Gabriela Maldonado Díaz.




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