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Artículo

Micro-males


Denise Dresser

 

Aquí atorados en el subdesempeño permanente. Aquí atrapados en la mediocridad persistente. México con tasas de crecimiento económico muy por debajo de su potencial y países comparables en otras latitudes. Cojeando de lado, sexenio tras sexenio porque no logramos correr de frente. Lo hemos intentando todo en los últimos treinta años. Estabilidad macroeconómica. Liberalización comercial, más y mejor capital humano. Tasas de inversión más altas. Sin embargo la economía no crece como podría y debería, la desigualdad se acentúa, la riqueza se concentra, los ricos se vuelven más ricos y los pobres siguen ahí. Un recordatorio diario de lo que no estamos haciendo bien. Una exhibición cotidiana de reformas que no producen los beneficios esperados y explican por qué ganó ya saben quién.

 

No todo lo impulsado e instrumentado ha sido para mal. Hay más certidumbre macroeconómica, la inflación no es aquella de los setenta u ochenta, los consumidores se han beneficiado de mejores productos a precios más baratos, empresas mexicanas se han convertido en potencias manufactureras y exportadoras. Hoy es posible acceder a un crédito a tasas menos usureras, es posible contratar un servicio de telefonía celular sin que te expolien, hay más opciones de transporte y más ciudades pujantes en las cuales vivir y trabajar.

 

Pero México todavía está lejos de la prosperidad compartida, la inclusión anhelada, el crecimiento posible. Y la respuesta se halla en lo que Santiago Levy explica en su nuevo e importante libro: “Esfuerzos mal recompensados: la elusiva búsqueda de la prosperidad en México”. La clave -argumenta- se encuentra en la bajísima productividad.

 

Porque junto con reformas positivas ha habido políticas públicas nocivas. Junto con instituciones que funcionan más o menos bien hay otras profundamente problemáticas, que entorpecen, obstaculizan, asignan mal los recursos, generan incentivos perversos. México no puede prosperar cuando 91% de las empresas del país tienen menos de cinco trabajadores y gran parte de ellas son improductivas; cuando 40% del capital está invertido en el sector informal; cuando empresas que deberían morir, sobreviven y otras que deberían sobrevivir, mueren; cuando generamos mano de obra más calificada y no hay un aparato productivo lo suficientemente grande para acogerla, cuando tenemos una economía que pulveriza la actividad económica en empresas chiquitas que pagan poco, impidiendo la movilidad social; cuando tenemos un entramado de regulaciones laborales y tributarias que mandan el mensaje: “no crezcas, viola la ley, evade”; cuando la informalidad está implícitamente subsidiada por la política social.

 

He aquí la frase más lapidaria del libro y que resume la problemática: “El segmento de alta productividad de la economía es fuertemente gravado y el segmento de baja productividad es fuertemente subsidiado”. La desafortunada combinación de impuestos y subsidios es un freno de mano. Hicimos bien lo macro y nos saboteó lo micro.

 

Ojalá los hallazgos y recomendaciones de una de las mentes más lúcidas de México sean escuchadas por el equipo económico de AMLO. Ojalá se dejen a un lado los prejuicios ideológicos y se atiendan las recomendaciones prácticas. México no va a crecer si no se vuelve más productivo, punto. Y eso transita por arreglar políticas microeconómicas que no se han querido tocar por creencias postrevolucionarias que merecen ser revisadas. Si no se corrige la disfuncionalidad que generan la política fiscal, laboral y social no importa cuántas refinerías se construyan, cuántos trenes Maya se echen a andar, cuántas becas se entreguen, cuántas pensiones se otorguen, cuánta infraestructura se construya, cuánta corrupción se combata; el crecimiento no aumentará si la productividad está estancada. Y no se puede repartir a perpetuidad un pastel cuyo tamaño no crece.

 

Sí, debe haber un Estado Benefactor, pero también un Estado Impulsor; un Estado que reparta y redistribuya riqueza, pero que también asiente las condiciones para crearla. Si no componemos las reglas microeconómicas que impiden la productividad, no importará el viraje neo-keynesiano en la política económica del nuevo gobierno, los resultados seguirán siendo desilusionantes en cuanto a la prosperidad prometida y la inclusión exigida. La Cuarta Transformación terminará siendo la Otra Mala Intervención. Acabaremos, otra vez, micro-saboteados.




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