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Aventuras del Mantarraya

Pescado 'embarazado'


Óscar Leal



Como ya era una buena costumbre familiar, mínimo cada dos fines de semana nos escapábamos de los ruidos citadinos, para visitar un paraje del río Corona, justo donde éste desemboca para unirse entre las aguas de la Presa Vicente Guerrero, tierras pertenecientes al poblado de Padilla, Tamaulipas.

Después de un tramo carretero que nos alejaba de Ciudad Victoria, no se extendía por más de una hora y media, nos esperaba un lugar como pocos visto, donde abundan árboles de más de 30 metros de alto, anclando sus raíces por todo lo largo de la orillas en ambos costados del río, su extenso follaje oscurecía con facilidad los rayos solares.

Ofreciendo junto al río, la mejor de las estancias para acampar un par de días, alejado por más de tres kilómetros del poblado más próximo; la tranquilidad te sensibilizaba los sentidos, al grado de permitirte escuchar los ruidos del campo donde el viento y el leve chasquido de las corrientes del agua al rebotar contra las rocas ofrecían una de las mejores experiencias.

Claro las aguas frescas y cristalinas ayudaban a mitigar el calor del verano con tan sólo sumergirse en ellas; y el gran ecosistema acuático, era propicio para encontrar peces como la mojarra copetona y la lobina negra, fácil de capturar gracias a las lagunas que se formaban justo antes de desembocar el río sobre la presa; ahí con un par de sogas con anzuelos mojarreros, con lombrices de tierra como carnada, nos favorecían para enganchar en proporciones de cuatro mojarras por cada robalo; un día difícil de olvidar, después de bajar las hieleras y pasar por el gran trabajo de montar la casa de campaña; mi MADRE, notó la ausencia de la caja de los utensilios de cocina, donde la sartén y la parrilla para cocinar los alimentos eran transportados, lejos de mostrar enojo mi PADRE con la calma del mundo se dedicó a cortar varas de los árboles.

Mientras yo me dedicaba a pescar, observé a la distancia como cortó, afiló y pulió las puntas de algunas varas con la ayuda de una navaja de mano, paso posterior le ayudé a limpiar algunas mojarras y después de sazonarlas con algo de achiote y sal, insertó las varas a través de la boca del pez para después clavarlos al suelo con una inclinación de forma frontal que apuntaba hacia la intensidad de las llamas.

Bastó un periodo de exposición a la fogata de 15 minutos por cada lado del pez, para retirarlos del fuego dejarlos reposar para rociarles algunas gotas de limón y sin la ayuda de un tenedor, logramos disfrutar de un buen pescado que bautizamos al estilo EN-VARA-Y-ASADO. Nunca olvidaré la forma tan serena y espontánea en que papá solucionó de forma divertida la falta de utensilios de cocina, y menos que gracias al disfrute, PAPÁ y MAMÁ, al retornar a casa y observar sobre mi cama la caja de utensilios que olvidé subir al auto, no me dieron ningún castigo por mi olvido, que nos obligó a comer todo un sábado y domingo, sólo con las manos.

Cuéntame tu historia,

tú ya conoces la mía.

viajesdepesca@hotmail.com






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