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¡Mátenlos!


Padre Leonardo López Guajardo



Los linchamientos de la semana pasada ocurridos en los estados de Puebla y de Hidalgo nos muestran cómo muchas personas, con un aceptable comportamiento social, pueden ser fácilmente hostigadas con un rumor y una presión social, a conductas difíciles de imaginar en ellos, que desencadenan en actos de violencia, con una saña irracional.

“Con tristeza y preocupación me doy cuenta de que la gente obtiene más satisfacción en la venganza, en quemar vivo a alguien que, quizás, no ha tenido más que buenas obtenciones, que en la justicia”, escribió Francisco Zea en un periódico hace un par de días.

No estamos nosotros muy exentos de una conducta así, en cierta manera, tenemos maneras de “linchar” a inocentes. Para muchos de nosotros, el diálogo no parece ser la mejor opción.

Los tiempos difíciles en que nos ha tocado vivir, los resentimientos e impotencia ante acciones que nos han afectado a nosotros o a seres queridos, nos hacen especialmente vulnerables a este tipo de actitudes, que si bien, en la mayoría de los casos, no han llegado ni de lejos a este tipo de acciones, sí nos han llevado a consentir con fuertes prejuicios, a quienes, por alguna razón, asociamos con nuestros victimarios.

En el ámbito político, era lamentable el espectáculo de algunos políticos, que parecían más dispuestos en discutir y recriminar, que en construir puentes de diálogo y de paz, tan necesarios para una convivencia social, en que la pluralidad de pensamiento es una realidad, que no podemos pasar por alto. La diversidad de opiniones y la manera de enfrentarlas, nos hablan de la civilidad y madurez necesarias para dialogar con aquellos que, inevitablemente, tendrán opiniones diversas a las nuestras. Un fanatismo social en que “linchamos” a quienes discrepen de nuestras ideas políticas o religiosas.

Pero estos linchamientos son frecuentes. Es habitual que, en nuestra manera de hablar y comportarnos, pareciera que lo que menos importa es la civilidad, en el que recuerdo de las injusticias, muchas veces inflamada por la memoria selectiva, los hace más grande, impidiendo la reconciliación.

En su mensaje de este año en la jornada hacia el pobre, el Papa escribe:

“Por el contrario, lo que lamentablemente sucede a menudo es que se escuchan las voces del reproche y las que invitan (a los pobres) a callar y a sufrir. Son voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres, a los que se les considera no sólo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento.

Se tiende a crear distancia entre los otros y uno mismo, sin darse cuenta de que así nos distanciamos del Señor Jesús, quien no sólo no los rechaza sino que los llama a sí y los consuela. En este caso, qué apropiadas se nos muestran las palabras del profeta sobre el estilo de vida del creyente: ‘Soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo’ (Is 58,6-7). Este modo de obrar permite que el pecado sea perdonado (cf. 1P 4,8), que la justicia recorra su camino y que, cuando seamos nosotros los que gritemos al Señor, entonces él nos responderá y dirá: ¡Aquí estoy!

Aquí se comprende la gran distancia que hay entre nuestro modo de vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza. Las palabras del Apóstol son una invitación a darle plenitud evangélica a la solidaridad con los miembros más débiles y menos capaces del cuerpo de Cristo”.

Dejemos los prejuicios. En ello, usted tiene la última palabra.

padreleonardo@hotmail.com




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