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Río revuelto

Tarde y caros


Redactores



Ayer repartieron mochilas, uniformes y útiles, casi un mes después de que los padres hicieron el gasto -precisamente en eso- que los dejó (a muchos, no a todos) en bancarrota, empeñando y vendiendo cosas para completar el gasto.

Aunque pensándolo bien, no fue tan en vano, pues estos útiles que repartió el gobierno son -según se analizaron- de baja calidad.

Dicen que “a caballo regalado no se le ve el colmillo”, por eso aquí la palabra clave es “repartieron”, pues viniendo del gobierno, no se trata de ningún regalo, pues se compró con nuestros impuestos, con el erario; no proviene de ninguna fundación caritativa, es decir, usted también pagó estos útiles.

La reflexión colectiva de ayer en las redes sociales era ¿dónde nos encontrábamos cuando ocurrió el ataque a las Torres Gemelas -y otros que sucedieron de manera simultánea-?, muchos adultos con hijos recuerdan cómo aquel entonces -hace 17 años- estaban en primaria, secundaria o preparatoria, mientras que quienes hoy se encuentran en preparatoria ven estos hechos simplemente como acontecimientos históricos ocurridos antes de que nacieran o cuando eran bebés.

Esto fue el recordatorio de que realmente han pasado muchos años desde entonces y de la enorme destrucción que es capaz de causar el ser humano en un acto de odio.

Aunque existen múltiples teorías alternas a la verdad histórica, independientemente de las intenciones y responsables, la muerte de tantas personas en ese acontecimiento es triste y reprobable, un capítulo oscuro en la historia de la humanidad.

En México en los últimos años las víctimas mortales han sido muchas más, hemos tenido nuestra propia tragedia que en ocasiones parece no tener fin y es algo que no debemos perder de contexto, sin olvidar tampoco el dolor de otros países.

Un debate muy fuerte en redes ha sido la responsabilidad de los socavones, pues mientras algunos pro-gobierno y de uno que otro ciudadano neutral señalan que la culpa es de la gente por tirar basura, grasa y aceites al drenaje que eventualmente saturan los colectores; otros atribuyen la culpa completamente al gobierno por la falta de mantenimiento y malas obras realizadas. En ambas perspectivas hay puntos a tomar en cuenta.

Malas las comparaciones, pero algo a resaltar en este tema es que en Laredo, Texas, no ocurren hundimientos, socavones, etcétera, al menos no de la magnitud y frecuencia que aquí, pues en un solo día aparecen varios en Nuevo Laredo y todos de más de 2 metros de profundidad, uno de ellos, de 6.




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