16/09/2018

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Selva urbana

Helo ahí tan campante


Mauricio Belloc

Luego de pasar la noche del Grito sin sobresaltos (aunque con el “ese” en la mano, como decimos por acá cuando un funcionario tiene miedo de exponerse ante el pópulo), hoy el hombre está sentado con una gran sonrisa, dizque presenciando el desfile.

Pero no, si bien su cuerpo sí está ahí, es su mente la que está muy ausente, tal vez agradeciéndole al Señor (o al Diablo) por tener a un pueblo tan noble y tan dejado.

O tal vez su pensamiento está volando a los siguientes tres años de las grandes bolsas que le esperan, como ya ocurrió en estos sus primeros dos, que ni siquiera han concluido y ya es inmensamente rico y feliz.

¡Serán cinco años en el poder y en el joder!, con un pueblo tan entregado, tan “sin embargo”, que de nada se queja, que todo acepta y de todo se aguanta.

Ni Pepe Suaves, ni Lacho (y eso que estuvo seis años), ni el finadito, nadie se llevará tanto como él.

No cabe duda que algunos nacen con estrella.

Ya vivimos dos años de puras barrabasadas, de manoteos sin misericordia, de un trastupije tras otro, de errores voluntarios e involuntarios de alguien que no sabe dirigir un pueblo, ni gobernar una ciudad, ni administrar el erario.

Este hombre llevará al pueblo más allá de donde lo ha tenido y convertido en los últimos 23 y medio meses.

Solito sirviéndose con la cuchara grande, porque no podemos referimos al Cabildo que termina el bienio, ni tampoco al colegiado que está por entrar el 1 de octubre, porque simplemente no lo hay, no hay Ayuntamiento, no hay administración municipal, es él nada más, solo él y si acaso dos a tres cómplices (porque ni robar puede hacerlo él solo, no está capacitado).

No hay fuerzas vivas, no se ven, no levantan el brazo, mucho menos la voz, para exigir, para reprobar.

¡VIVA MÉXICO!

Sí que Viva México, país de impunidades y de robo, así tuvo que haber gritado esta noche del 15 de septiembre.

Pero con más sinceridad de su parte, este nefasto y también mequetrefe, tuvo que haber gritado a todo pulmón agradeciendo al cielo: “¡Viva Nuevo Laredo y su gente!”, esa tierra y comunidad que lo ha Enrique…cido a lo bestia y que le seguirá dando tesoro por otros 36 meses más, todo un lustro llenando sus alforjas, Enrique…ciéndose de lo lindo.

Y sin chistar, así nuestra gente bien lanita, suavecita, flojita y cooperando, porque calladita se ve más bonita.

Hoy en el templete de honor, en el palco de lujo frente a presidencia y junto al edificio de tesorería -cuidando los dos negocios-, el bato éste, estará en cuerpo, pero no en mente, el tipo está a mil años luz, ya se ve gozando de la riqueza inconmensurable que el pueblo de Nuevo Laredo tan amable y cooperativamente le ha brindado.

Y él sin merecerla, porque realmente es así.

Pero no tiene la culpa el indio, sino quien lo hace compadre.

Pueblo de Nuevo Laredo, ¿ya estamos prevenidos para la que se nos viene en los siguientes tres años de gobierno municipal? ¿Ya sopesaron lo actuado en los dos últimos años? ¿Queremos más de esto? Porque entre más pasa el tiempo, él más se especializa en jodernos.

¿Preocupación? ¡Cuál! Si trae a los Marinos (clonados o no, derechos o chuecos) de su lado, al mismo Ejército Nacional, así como a una pléyade de gorilitas y la Policía Estatal Acreditable o Fuerza Tamaulipas, el resto del pueblo está solo.

Sigamos siendo una comunidad tan pasiva, sobre todo tan permisiva, excesivamente tolerante y entonces -Dios no lo quiera- vamos a ver cómo nos va como ciudad, como territorio y peor tantito, como pueblo, como pueblo jodido -dicho con todo respeto para y por todos, quienes seremos las víctimas directas- por su gobernante.

Hoy, el hombre está ahí, sentado y con meseros a su lado sirviéndole los bocadillos, taquitos, la barbacoa, el café, juguito, refresco, agüita helada o alguna bebida extraña (para la cruda de los tequilazos y los wiscazos de anoche).

Él consumiendo lo que el pueblo le da, ese pueblo que está en la acera de enfrente, parado de cara al sol, cargando a sus niños, nuestra gente tal vez padeciendo inclemencias, como es clásico, el pueblo sufriendo y los señores del poder, a sus anchas desparramados, en la sombrita, con servidumbre pagada por el respetable ciudadano.




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