17/09/2018

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De política y cosas peores

La campana de San Lulio


Catón

Ya conocemos a doña Frigidia. No hay mujer más indiferente al sexo que ella. Su frialdad en el lecho conyugal es tanta que una vez su marido, don Frustracio, compró un colchón de agua pensando que los undosos meneos de esa líquida cama pondrían efluvios de erotismo en su señora. La idea no funcionó: doña Frigidia congeló el colchón, que terminó en cama de piedra, igual que el título de la canción vernácula. El infeliz esposo le narró sus desdichas al compadre Libidiano, quien era hombre de mundo, diestro en achaques de carnalidad. Éste le dijo: La rutina es el peor enemigo del amor, y la variedad su más eficaz aliada. Debes poner algo de fantasía en la relación con tu mujer. Hay una bella canción italiana llamada La campana di San Lulio, obra del gran compositor Palomino Chinela. Las versiones más conocidas son las de Caruso y Tito Schipa, y modernamente la de Pavarotti. Estoy seguro de que los acordes de esa melodía pondrán arrestos amorosos en tu esposa, y aun le darán compás para ritmar sus movimientos en la cama. Puedes llevar un estéreo a la alcoba y ahí poner la grabación. Mejor aún: conozco a un joven tenor de buenas prendas físicas y voz bien impostada llamado Carmelucho Patané. Él puede estar en la habitación vecina e interpretar la obra mientras tú gozas los deliquios de himeneo. Inquirió don Frustracio, cauteloso: ¿No cobrará muy caro?. Respondió el compadre: Cualquier dinero es poco cuando se trata de disfrutar los inefables goces del amor sensual. El rey de Serbia le regaló a La Bella Otero un collar de brillantes y esmeraldas cuyo valor alcanzaría hoy el millón de euros, y eso por una breve sesión de sexo oral, pues el costo de lo demás era muy grande, y el reino muy pequeño. No te preocupes por los honorarios del artista: yo los cubriré por ti. Y sin interés, te lo aseguro, por cubrir alguna otra cosa más. Aceptó don Frustracio la generosa oferta del compadre y se fijó la fecha para la noche del connubio. Llegó puntual el apuesto tenor y don Frustracio lo presentó a su esposa, quien no pudo menos que notar los atractivos físicos del joven. Colocó el cantante su atril con la partitura de la obra que iba a interpretar, pues nunca la había cantado. (Últimamente estaba ensayando Despacito). Igualmente puso en el estéreo la música en karaoke de la pieza. Luego tosió para aclarar la garganta. Se retiraron los esposos a la cámara conyugal, y a una señal del marido empezó a entonar Patané los primeros versos de la canción que se le había encargado: Cuando suena la campana de San Lulio - siento abajo una extraña sensación", etcétera. De inmediato se aplicó don Frustracio a la realización del acto natural. Doña Frigidia, pese al ingente esfuerzo de su cónyuge, no dio trazas de estar disfrutando la ocasión. Mientras él jadeaba y acezaba ella se revisaba la pintura de las uñas y trataba de recordar el día en que iba a desayunar con sus amigas. Por fin, como movida por súbita inspiración, le sugirió a su esposo: ¿Por qué no dejas que venga aquí el joven tenor, y tú vas a la habitación vecina a cantar La campana di San Lulio?’”. ¿Cómo puedes pedirme tal cosa? -opuso don Frustracio-. Tú sabes que no conozco esa canción. Puedes cantar cualquier otra -sugirió doña Frigidia-. A la orilla de un palmar, por ejemplo. Te sale muy bien. En efecto, se hizo el cambio: el apuesto tenor subió al lecho con la señora y el esposo fue a la habitación vecina a entonar esa sentida pieza acompañándose con su mandolina. A poco doña Frigidia estaba en el culmen del éxtasis erótico. Le gritó a su esposo: ¡Síguele, Frustracio! ¡Tú sí que cantas bien!... FIN.




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