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No hay perro que valga


Padre Leonardo López Guajardo

Ocurrió hace pocos días en el estado de Puebla… parte de una población había sido evacuada, debido a una fuga de gas, causada por unos ladrones. Durante ella, y contra todas las advertencias de los socorristas, un joven se dirigió a su casa para rescatar un perro, arriesgando severamente su vida. Para su fortuna –y por supuesto, también para su perro-, regresaron sanos y salvos a un lugar seguro.

¿Vale la pena arriesgar la vida para rescatar a un perro? Sé que hay entre nosotros muchos amantes de los perros, pero, la mera verdad, yo no aprobaría para nada su conducta.

Lo que sí es cierto, es que nadie aprobaría la conducta de tantos jóvenes que en el país, son capaces de arriesgar su vida, con escasísimas posibilidades de éxito, estén dispuestos a arriesgar su vida enrolándose en grupos delictivos, donde los actos heroicos a los cuales pueden llegar, son ampliamente repudiados por todos, excepto a los que escuchan el más vergonzoso de los géneros musicales: los narcocorridos.

Por otro lado, muchos de nosotros, no dudamos en contaminar nuestra inteligencia, ante venenosos mensajes que pululan en las redes sociales, rebajándonos como personas, adoptando mentalidades que nos convierten en seres consumistas, desobligados y apáticos, minimizando los peligros en la que la peor de las culturas, empieza a imponerse en nuestra mentalidad.

Y es irónico que para muchos, celebrar la Independencia, más que un momento de pensar y actuar a favor de nuestro país, preferimos malgastarlo en un elevado consumo de bebidas y calorías, sentirnos verdaderos patriotas para gritar ¡Viva México!, dejando un cochinero en las plazas, con decenas de toneladas de basura en todo lo largo y ancho del país por patriotas como usted y como yo.

Hace pocos días, el Papa, nos dio estas ideas sobre la libertad:

“¿Qué es, por lo tanto, la verdadera libertad? ¿Consiste tal vez en la libertad de elección? Ciertamente esta es una parte de la libertad y nos comprometemos para que se asegure a cada hombre y mujer. Pero sabemos bien que poder hacer aquello que se desea no basta para ser verdaderamente libres y ni siquiera felices.

La verdadera libertad es mucho más. De hecho, hay una esclavitud que encadena más que una prisión, más que una crisis de pánico, más que una imposición de cualquier género: es la esclavitud del propio ego. Esa gente que todo el día se refleja para ver el ego. Y el propio ego tiene una estatura más alta que el propio cuerpo. Son esclavos del ego.

El ego se puede convertir en un verdugo que tortura al hombre donde esté y le procura la más profunda opresión, la que se llama ‘pecado’, que no banal violación de un código, sino un fracaso de la existencia y condición de esclavos. El pecado es, al final, decir y hacer ego. ‘Yo quiero hacer esto y no me importa si hay un límite, si hay un mandamiento, ni siquiera me importa si hay amor’.

El ego, por ejemplo, pensemos en las pasiones humanas: el goloso, el lujurioso, el avaro, el iracundo, el envidioso, el perezoso, el soberbio son esclavos de sus vicios, que los tiranizan y los atormentan. No hay tregua para el goloso, porque la gula es la hipocresía del estómago, que está lleno y nos hace creer que está vacío. El estómago hipócrita nos hace golosos. Somos esclavos de un estómago hipócrita. No hay tregua para el goloso y el lujurioso que debe vivir de placer; el ansia de posesión destruye al avaro, siempre acumulando dinero, haciendo daño a los demás; el fuego de la ira y la carcoma de la envidia arruinan las relaciones.

Los escritores dicen que la envidia hace que el cuerpo y el alma se pongan amarillos, como cuando una persona tiene hepatitis: se pone amarilla. Los envidiosos tienen el alma amarilla, porque nunca pueden tener la frescura de la salud del alma. La envidia destruye. La pereza que esquiva toda fatiga nos hace incapaces de vivir; el egocentrismo —ese ego del que hablaba— soberbio excava un foso entre sí y los demás.

Queridos hermanos y hermanas, ¿quién es, por lo tanto, el verdadero esclavo? ¿Quién es aquel que no conoce el descanso? ¡Quien no es capaz de amar! Y todos estos vicios, estos pecados, este egoísmo, nos alejan del amor y nos hacen incapaces de amar. Somos esclavos de nosotros mismos y no podemos amar, porque el amor es siempre hacia los demás”.

Hasta aquí lo que dijo el Papa. En hacer la elección correcta, usted tiene la última palabra.

padreleonardo@hotmail.com



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