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Artículo

Nacidos con el PRI


Guadalupe Loaeza



Los nacidos con el PRI están que no los calienta ni el sol. No entienden nada respecto a los cambios que vienen con Morena. Tienen miedo. Muchos de ellos ya se quedaron sin chamba. Los que creen que podrían conservarla se rehúsan a ganar el 50 por ciento menos de sus ingresos de antes.

Por las noches no duermen por hacer cuentas, “si me voy a la Secretaría de Educación a Puebla con 50 mil pesos mensuales, ¿cuánto tendré que pagar de renta por un departamento mínimo con tres recámaras, y las inscripciones del colegio de los niños y las mensualidades del coche y la hipoteca? Con un carajo, no me alcanzara ni para el arranque. ¿Y ahora qué voy a hacer? ¿Quién va a querer contratar a un viejo de 50 años? Lo peor de todo es que no conozco a nadie del Gabinete de Morena”, se lamentan profundamente.

Si partimos de la fecha de la fundación del Partido Nacional Revolucionario (PNR), que se concretó el 4 de marzo de 1929, para finalmente convertirse en el PRI, estamos hablando de casi tres generaciones que de alguna manera han vivido bajo el auspicio del PRI.

Para ellos era ley eso de “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”. ¿Cómo se vive en el “error” si nunca lo aprendieron?

Bastaba estar cerca del PRI para salir adelante, para encontrarle una chamba a un primo, a un conocido o pariente. Bastaba conocer el nombre de la secretaria de un alto funcionario para conseguir una cita. Bastaba con encontrarse con un político importante, ya sea en el palco del estadio de futbol o en la plaza de toros, para aprovechar el encuentro y ponerse de acuerdo para comer juntos.

Bastaba con mandarle al Subsecretario una caja de vino francés para que ese mismo día recibiera en una tarjeta muy personal el agradecimiento escrito a mano “veámonos pronto”. Bastaba con invitar al Secretario de Comunicaciones y Transportes como testigo de la boda de una hija para conseguir los contratos de la construcción de la carretera pendiente del Estado de México.

Bastaba conocer a la secretaria de la secretaria del encargado de llevar la agenda personal del Gobernador para conseguir una cita.

Por lo general, las familias, incluyendo a las nueras, consuegras y hasta primos terceros de estos vivales que aún no se conciben sin el PRI, eran los más gandallas: “A mí me pagaron el departamento de la colonia Roma a un precio súper elevado. La compradora era la hermana de Karime de Duarte y me lo pagó en efectivo. No lo podía creer. Le pedí un precio exorbitante porque en el fondo no lo quería vender, pero a ella le urgía”.

Andando el tiempo, los priistas comprendieron que así como era muy importante que salieran en las planas de los periódicos inaugurando carreteras, presas y hospitales, y mandaran boletines de propaganda a todos los diarios, asimismo era fundamental que sus respectivas esposas e hijos aparecieran en las revistas del corazón.

En pleno crepúsculo del PRI, la familia de Enrique Peña Nieto aceptó aparecer en 17 páginas a todo color en la revista ¡Hola! que está circulando en estos momentos. Con este reportaje tan excesivo y fuera de proporción parecen decirles a los lectores: “¿Ah sí...? Nos critican mucho, ¿verdad? Pues ahora se amuelan. Aquí estamos felices de la vida con la cabeza en alto, rodeados de amor y con las conciencias tranquilas”.

¿Qué harán esta revista y las otras del mismo género en la austeridad republicana que propone Morena? Tal vez se consuelen al pensar que todavía andarán por allí, durante unos años más, la familia de Murat, gobernador de Oaxaca; la de Del Mazo, gobernador del Estado de México; la de Fayad, gobernador de Hidalgo, etcétera, etcétera.

He de decir que también yo nací con el PRI. Tengo ante mis ojos una fotografía, en blanco y negro, tomada a finales de los 60. Estoy ante el secretario de Comunicaciones y Transportes de esos años, Eugenio Méndez Docurro, quien había ido a inaugurar la Feria Industrial de Francia, en donde yo era edecán.

Al verlo pasar frente a mi stand, me atreví detenerlo. Mi padre trabajada en la SCOP en un lugar que no le correspondía. Me veo con las manos entrecruzadas suplicándole que recibiera a mi papá. Nunca supe si efectivamente el Secretario lo recibió. Lo que sí sabía entonces era que ya estaban en mi DNA tres letras mágicas que siempre me salvarían en la vida: PRI.

Afortunadamente, ya todo eso... ¡se acabó! No nos queda más que cambiarnos el chip...

gloaezatovar@yahoo.com




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