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De política y cosas peores

Cabalgando rumbo a Pecos


Catón

Un rudo vaquero llamado Iro Nass iba cabalgando por las vastas planicies texanas. Se dirigía a Pecos, pues ahí vivía su novia Daisy Lou. De pronto oyó gemidos lastimeros. Quien se quejaba era una anciana apache. Los suyos la habían abandonado y estaba a punto de fenecer de hambre y de sed. Nass era hombre compasivo: siempre que colgaba a un bandolero le cantaba “Amazin’ grace” después del ahorcamiento, a fin de consolarlo. Le dio agua a la mujer; compartió con ella su comida y luego, para animarla un poco, le cantó “The yellow rose of Texas”. La anciana quedó muy agradecida. Le dijo: “Aquí donde me ves soy una bruja. En premio a tu buena acción voy a concederte tres deseos. Los verás cumplidos al llegar a Pecos, donde vive tu novia Daisy Lou”. El vaquero se admiró por la clarividencia de la apache, y eso lo motivó a pedir los tres deseos. “Quiero - empezó- tener mucho dinero”. “Concedido -le dijo la mujer-. Cuando llegues al pueblo dirígete al International Bank of Pecos. Ahí sabrás que ya eres hombre rico, más, mucho más que John Pierpont Morgan, el del ferrocarril Atchinson, Topeka y Santa Fe. A ese señor -de mí te acuerdas- se la va a poner colorada la nariz como castigo por habernos quitado a los apaches nuestras tierras para hacer pasar sus trenes”. “Seguidamente -pidió Iro- quiero parecerme a Junius Brutus Booth, Jr., el guapo actor teatral”. “Concedido -volvió a decir la anciana-. Pero debo advertirte que John Wilkes, su hermano, será quien asesine a Lincoln en un teatro, con lo cual le echará a perder la función a la esposa del Presidente, que tenía mucha ilusión de ver la obra”. “Por último -pidió el vaquero- quiero tener el órgano genital del tamaño que lo tiene el noble animal que voy montando”. “Extraña petición es ésa -comentó la bruja-. Debes saber que el tamaño no importa. Yo estuve casada con el jefe indio Pirulí el Breve y fui muy feliz, sobre todo cuando se iba a combatir a los comanches y yo me quedaba sola en el aduar con los mocetones que aún no tenían edad para ir a la guerra, pero sí para otras cosas”. Tras decir eso la mujer se despidió de Nass, no sin antes manifestarle que si alguna otra cosa se le ofrecía estaría a sus órdenes en el wigwam 45 bis del campamento, entrando a mano izquierda. Ahí podría visitarla. Ella lo recibiría con mucho gusto, sobre todo tomando en cuenta que ya no había mocetones. Iro agradeció el ofrecimiento y se despidió de ella de besito. Seguidamente volvió a montar y retomó el camino a Pecos. Al llegar lo primero que hizo fue ir al banco y pedir su saldo. Era de un millón de dólares. Con esa cantidad, calculó rápidamente, podría comprar dos millones de steaks con papas, que costaban 50 centavos cada uno. Hambre no pasaría, se dijo, satisfecho. Luego se encaminó a la peluquería del pueblo. Al verlo el barbero exclamó lleno asombro: “¡Junius Brutus Booth!”. Así supo Iro que ahora era hombre guapo. Finalmente fue a la casa de su prometida y le contó lo que le había sucedido con la bruja. A Daisy Lou le entusiasmó lo del dinero, si bien no le gustó la idea de gastarlo todo en steaks con papas. En seguida felicitó a su novio por parecerse a Junius Brutus, aunque le dijo que le gustaba más cuando se parecía a él mismo. Por último le pidió que le mostrara su nuevo órgano genital, el que le había dicho a la bruja que quería tener como el noble animal que iba montando. Al ver lo que Iro le mostró Daisy Lou lanzó un grito de terror. “¿Qué pasa?” -le preguntó Nass con inquietud. Se vio a sí mismo y exclamó luego espantado: “Holy cow! ¡Se me olvidó que iba en la yegua!”... FIN.




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